El País, Quijano y Cordero

Con la insolencia de quienes siempre han estado ‘subidos al bote’ del poder, cualquiera fuera éste y con la única condición de que alrededor de ese poder no hubiera gente humilde, el día 23 de julio pasado, el diario El País publicó un editorial central –obviamente de la responsabilidad de sus dos directores– en el que se agravia en forma delirante la figura formidable de Carlos Quijano, abogado, economista, a su tiempo legislador y, por sobre todas las cosas, fundador y director durante toda su vida del semanario Marcha.

Quijano murió en su exilio mexicano cuando la dictadura uruguaya agonizaba. No le dio un solo minuto de tregua polítca al régimen dictatorial y fantoche. Y cuando sus restos volvieron a la patria, el pueblo y el gobierno los llevaron a descansar en el Panteón Nacional. Quince años después, a este gran hombre, insólitamente, el diario de la ‘gente bien’ que desgrana sesudos artículos sobre los carritos de hurgadores que afean la capital, tiene la osadía de insultarlo.

Vale la pena transcribir partes de ese editorial agraviante. Después de recordar que Américo Vespucio se refirió a la gente de la margen oriental del Plata como «de la mejor condición», dice el editorialista: «Todo lector debe coincidir en que cuesta mucho ver reflejada la imagen de los uruguayos de hoy, en muchos casos rebeldes sin causa, contestatarios no siempre con motivo, más abiertos a la ira y a la protesta que al diálogo y a la reflexión, con aquella gente de ‘mejor condición’. (…) ¿Qué ha pasado en este país para que se produjera ese cambio?»

Y entonces, con la lucidez de gente muy preparada y tolerante, luego de reconocer que puede haber motivos para protestar en productores rurales, empleados de mutualistas en quiebra y vecinos de la embajada de EEUU, viene el néctar: «Hay que empezar por reconocer que no es ajeno a ese deterioro producido en la voluntad nacional, el lento y largo daño que produjo a lo largo del tiempo el semanario Marcha, convertido en Biblia laica tanto para la izquierda como para algunos intelectuales y otros no tanto, pero siempre difundida a través de ellos, a partir del viernes 23 de junio de 1939 en que apareciera su primer número. Semanalmente fue pudriendo la mente de los jóvenes que después fueron adultos, con frases como: ‘los grandes partidos vacíos de contenido y paralizados por el caos son incapaces de gobernar, hay que crear o empezar a crear una fuerza de reemplazo’ (editorial del 14 de setiembre de 1962).»

Y hay mucha más letra cargada no se sabe si de veneno, frustración por la grandeza del otro, juicio cargado de remordimiento por haber cobrado trescientos pesos a conocidos ciudadanos que recurrían a sus páginas para desmentir que estaban con el comunismo en tiempos de la dictadura, o vaya a saber qué odio. Este diario nunca tuvo poder real. Menos mal. Pero sirvió a todos los poderes y siempre se subió al carro. A Quijano quizá lo odien tanto porque creyó de verdad en la rebeldía del oriental que luchaba por el voto ciudadano y en la limpieza de las conductas. Al punto que debió partir –después de haber estado preso por la dictadura–, con una valija de cartón, ligero de equipaje, al exilio para continuar el combate por la libertad. Otros hacían buena letra y estaban en todos los cocteles.

Pero esto no es todo. Unos meses después, pudo leerse en la misma página editorial una nota de Rodolfo Sienra Roosen. Refiriéndose a las declaraciones de coronel Cordero sobre «cómo tratar a los terroristas», el abogado periodista señala claramente que lo que dice Cordero no está bien (eso de torturar para sacar información, incluso hasta la muerte y la desaparición). Bueno estaría. Pero agrega: «Es cierto que muchas veces en el pasado frente a actos terroristas, sentimos impulsos de hacer una yerra…»

Para el lector ciudadano, una yerra es cuando se marca y se castra a los animales jóvenes. La afirmación se comenta sola. *

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