Hablemos de la Caja Bancaria

CARLOS BOUZAS

 

Le estoy hablando de un organismo de previsión social que nació en 1925 para compensar la discriminación que padecían los trabajadores de los bancos, al dejárseles fuera de la ley de jubilaciones creada en 1919.

De un organismo que a lo largo de los setenta y seis años de vida, siempre ha servido jubilaciones y pensiones acordes con los salarios de la actividad, llevando una meticulosa historia laboral de cada afiliado, lo que posibilita que todo trabajador del sector acceda a los beneficios jubilatorios al mes siguiente de su retiro, sin ningún tipo de sobresalto.

De un instituto que se administra de manera tripartita por gobierno, empleadores y afiliados, siguiendo el modelo de la Organización Internacional del Trabajo.

Que gracias al manejo cristalino de los fondos jubilatorios que realiza esa administración tripartita ha podido acumular importantes reservas en la época de las vacas gordas.

Que ha utilizado esas reservas en inversiones beneficiosas del punto de vista económico y social para toda la comunidad.

Que ejemplo de ello lo constituyen las obras de pavimentación y saneamiento de ciudades del Interior, la construcción de la represa de Rincón de Baygorria, la ampliación de la red de agua corriente de OSE en la ciudad de Montevideo, una reposición de la flota del transporte capitalino, la construcción de la rambla portuaria, el Aeropuerto de Carrasco, el edificio sede del Banco Central, o la nacionalización de los ferrocarriles. Amén de los aportes reiteradamente suministrados al Estado a través de bonos del tesoro, letras de tesorería, obligaciones hipotecarias reajustables, y hasta la financiación por quince años de una parte de la deuda generada como consecuencia de los atropellos de la dictadura contra los trabajadores públicos.

Que ha sido pionera en emprendimientos forestales en Uruguay, generando dos importantes fuentes de trabajo en los Departamentos de Paysandú y Durazno.

Pero le estoy hablando también de que como consecuencia de la reestructura de la banca privada –la prohibición de renovar los cuadros funcionales a los Bancos del Estado, las tercerizaciones, los cajeros automáticos y la emigración de una parte creciente de la actividad financiera hacia empresas no comprendidas en el campo afiliatorio del instituto– ha venido disminuyendo sensiblemente el número de trabajadores aportantes, mientras que, como consecuencia lógica del transcurso del tiempo, se incrementan las cédulas jubilatorias y pensionarias.

Gracias a la prudente administración que menciono más arriba, Caja Bancaria continúa con su actividad regular por un tiempo prudencial.

Que ese tiempo es prudencial lo sabemos todos los involucrados. Pero, lamentablemente, solamente los trabajadores y jubilados –que están organizados en AEBU– han realizado un esfuerzo de reestructura para asegurar la continuidad del instituto, apelando al esfuerzo de todos: trabajadores, patronos y gobierno.

Sin embargo, las otras dos partes involucradas –que manifiestan su reconocimiento al esfuerzo realizado por el gremio– no son nada explícitos en cuanto a la asunción de sus responsabilidades. Tanto ellos como sus representantes en el Consejo Honorario del organismo.

En el mejor de los casos, estamos ante un acto de imprudencia sorprendente. Aunque barruntamos que pueden existir algunos que estén lamiendo viejas heridas y crean llegado el momento de ajustar cuentas con un sindicato que se ha destacado siempre en la defensa de las libertades, la democracia, la fuente de trabajo y el salario.

De no ser así, estamos a tiempo. Cuentan con la ventaja de conocer las cartas vistas del gremio, que se aprobaron en un envidiable ejercicio democrático en la asamblea de siete mil trabajadores y jubilados, realizada el 11 de julio último. *

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