ANUNCIAN QUE EL PROXIMO OBJETIVO SERA IRAK

¿Hacia la guerra eterna?

Qué aportó Roma al mundo habitado que dominó durante siglos? (…) La «pax romana» es un elemento ligado a la mundialización. Por consiguiente, el espacio de la mundialización puede y debe considerarse un espacio pacífico» J. Le Goff, noviembre 2001

Días pasados se publicaba en Francia el resumen de una conferencia del insigne historiador francés Jacques Le Goff, un patriarca de la historiografía contemporánea.

Desde su singular atalaya, Le Goff ha reflexionado y escrito sobre los procesos de la mundialización, preocupado por trazar paralelos entre ésta, vertiginosa, que vivimos y otros procesos conocidos que nos muestran el examen atento del pasado.

Tomando como modelo ejemplar al Imperio Romano, el historiador francés apunta la vigencia prolongada de la paz, la existencia de un espacio jurídico común ligado a la preservación de la paz, la noción de ciudadanía, al menos para la capa superior del espacio mundializado y la unificación lingüística.

El análisis, cuya versión publicó El País de Madrid en su edición del pasado sábado, da pie para una serie de reflexiones destinadas a pensar sobre la nuevas formas asumidas por la dominación imperial en nuestros días.

Más que para un examen desde el punto de vista de la «larga duración», las noticias procedentes de Washington colocan el problema de la paz y la guerra en mesa perentoria de la actividad política más inmediata.

El anuncio por parte de voceros del gobernante Partido Republicano que, «terminada» la guerra en Asia Central –¿cuáles han sido los resultados, aparte de la destrucción de Afganistán?– el próximo enemigo sería el régimen de Saddam Hussein.

La mera insinuación es de una gravedad extrema.

A estas conjeturas demenciales se agregan otras, no menos sorprendentes. Así se dice que el presidente George Bush reitera la convicción estadounidense de que la lucha en Afganistán está en sus inicios, las atrocidades cometidas por las tropas de la Alianza del Norte, aliadas a los EEUU, son miradas con indiferencia, bajo el absurdo epigrama de «los afganos han vivido siempre en guerra. Son así», perdiendo de vista –o intentando que se pierda de vista– el hecho de que una vez más los genocidas han sido armados y entrenados por las fuerzas militares norteamericanas e inglesas.

Robert Fisk, un lúcido y fogueado corresponsal de guerra norteamericano cuyas agudas crónicas publica el diario La Jornada de Méjico, lo denuncia no sin cierta amargura: «No podemos adoptar el ejército de otros como nuestro propio ejército y después negarnos a aceptar la responsabilidad por su comportamiento(…) Y cuando nuestros chicos de la Alianza del Norte entran en éxtasis asesino, tenemos que responsabilizarnos por los resultados sangrientos. ¿Vamos a hacernos los indiferentes? ¿No hay una flaqueza, un paralelo horrible con Osama bin Laden? Aunque él haya inspirado a los asesinos que perpetraron los crímenes contra la humanidad del 11 de setiembre, se le acusa de la muerte de 5 mil personas. Pero, en cambio, si nosotros facilitamos la acción de los asesinos de la Alianza, parece que somos inocentes del crimen».

La continuación de la guerra y su probable extensión a Irak pone al mundo en los umbrales de otra situación, aún más insoportablemente grave que la actual.

Cabe preguntarse si los entusiastas defensores uruguayos de la política internacional de George Bush, empezando por el ex presidente Julio Ma. Sanguinetti. están dispuestos a continuar levantando sus copas para brindar por las «victorias» de los Aliados.

Si la hipótesis del inminente ataque a Saddam se confirmara, valdría la pena preguntarse ¿terminará ahí la guerra? ¿Cuál sería el próximo enemigo de los Estados Unidos?

¿Cuál es la perspectiva de la paz en el mundo con estos líderes? *

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