LOS ORTODOXOS Y NUESTRO FUTURO

Las dádivas no cambiarán el signo de la crisis

No queremos aparecer como los portadores de las peores noticias ni de las opiniones más drásticas sobre la situación de un país cuya crisis supera las peores etapas recordadas por los memoriosos. Sin embargo, casi por una razón de militancia periodística, por lo menos debemos abordar algunos temas que, de no ser resueltos, determinarán que el drama uruguayo continúe ahondándose en una espiral sin fin que nos llevará quién sabe a dónde.

Ahora estalló, como una bomba de cien megatones, la situación que se vive en la ciudad de Bella Unión, que se ha quedado sin fuentes del trabajo. En poco tiempo, de persistir la situación, pasará a ser un pueblo fantasma. Bella Unión hace pocos años era un vergel de riqueza, un polo de desarrollo que atraía a una población ansiosa de participar en todo aquel progreso. Fue la única ciudad del interior que, en ese período, acrecentó su población porque allí había trabajo y crecían las posibilidades de ocupación.

A la labor con la caña de azúcar y su industrialización, se sumó una reconvertida bodega, con productos de alto nivel que no sólo lograron una importante porción del mercado, sino que mereció premios en catas internacionales. También se comenzaron a desarrollar los cultivos «primor» que lograron una alta comercialización en todo el país. Paralelamente a esa riqueza que se creaba –sorprendiendo a un país no acostumbrado a los resultados positivos del trabajo real– la ciudad mejoraba sus servicios y, dentro de su modestia, sorprendía por su pujanza y su desarrollo persistente.

Todo comienzo, claro está, tiene un fin. Primero fue el atraso cambiario, luego la política de aranceles, sumada a la presión impositiva y, para colmo, llegaron las medidas de reconversión para la fabricación del azúcar, cambiando la producción de materia prima local por productos semielaborados provenientes del exterior, que antes de llegar a la planta azucarera pasaban por varios intermediarios.

Con los cultivos «primor», tarea en que los productores del norte habían logrado altísimos niveles de calidad, pasó algo parecido. Hoy lechugas que vienen de Argentina u otros vegetales y frutos que llegan de los más remotos lugares, a precios de «dumping», han hecho la actividad prácticamente inviable.

¿Cuál es el criterio del gobierno? No otro que el que expresan los técnicos del FMI para todo el mundo menos el desarrollado (léase países del Grupo de los 7), o sea desentenderse de los uruguayos, darle la espalda a los que quedan desocupados, a los que pasan a vivir en la precariedad y la miseria, que no pueden resolver sus problemas de alimentación ni de salud, a esos niños que tienen que dejar de ir a la escuela y a quienes se les termina el futuro.

Hablar de subsidios o de aumentar los aranceles, o de excepciones impositivas, para estos economistas ortodoxos que nos gobiernan, es casi un pecado mortal. Prefieren hablar de rebajas de salarios, de mayores impuestos indirectos y tratan de mejorar «la deficiente recaudación de la DGI, no realizando una reforma tributaria (que es imprescindible), sino modificando aspectos del funcionamiento del organismo recaudador. A esa mentalidad poco le importa el derrumbe generalizado aunque éste también los arrastre a un abismo en que pueden peligrar hasta otros valores como los de la democracia

El país, sin necesidad de las «dádivas» como la que salió a buscar Batlle a los EEUU, podría comenzar a remontar esta situación negativa.

Para ello –obviamente– los «ortodoxos» deberían dedicarse a otras tareas, dejando su lugar a uruguayos bien inspirados que dejen de abrevar de las ideas producidas en las usinas de la banca financiera internacional. *

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