Empresas unipersonales: ¿cuál será el límite?
JORGE R. BRUNI
Se han gastado ríos de tinta sobre la irreversibilidad o no de la globalización. Creo que lo es.
Pero si me preguntan si es esta globalización la que debe guiar el futuro del planeta, contundentemente digo NO. ¿A quien le sirve una mundialización en la que el llamado mundo desarrollado, apenas el 12% de la población, represente en cambio el 86% del bienestar y el 88% del consumo mundial? ¡Barbaridad!
Esta globalización se basa entre otros fundamentalismos en que el capital financiero es quien orienta al todopoderoso y endiosado mercado, bajando costos de donde sea, maximizando ganancias a cualquier precio.
Si a ello le agregamos que hay que ser competitivos, lo que conlleva la existencia de ganadores y perdedores, el infernal círculo se cierra.
Esta máxima de que todo lo que genera utilidad vale, no importa cómo, está llevando al mundo al borde del abismo, lo cual no necesita ser demostrado.
¿Qué tiene que ver esto con nuestra deteriorada realidad social? Mucho.
La desvalorización del trabajo, «recursos humanos» se le llama a los laburantes, es otro de los «valores» en que se sustenta esta deplorable globalización, lo que ha originado que el escritor Armand Ferrachi dijera que no nos debería extrañar que se comience a hablar de «órganos vitales para los automóviles y de piezas de recambio para el cuerpo humano». ¡Total, todo vale!
Pues bien. En nuestro Uruguay, bajando costos, maximizando ganancias y fomentando el individualismo cerril, haciéndole creer al trabajador desprotegido que cada uno puede ser su propio empresario, se está usando, mal-usando y abusando de la ley de Reforma Previsional.
Su artículo 178 es uno de los aspectos más nefastos que introdujo la reforma de la previsión. No es el más conocido. No conviene que lo sea además.
Fue brutal la rebaja generalizada de las jubilaciones. Fue tremenda la introducción de las AFAPs.
Pero transformar súbitamente un trabajador en empresa unipersonal, fantasioso nombre encubridor de formas de evasión y/o defraudación de derechos laborales y de tributación a la seguridad social, causa náuseas.
Ese invento elusivo surgido de prácticas empresariales, ha llevado al distinguido laboralista A. Grzetich a decir que «conduce inevitablemente a una cultura del artificio y la trampa«.
Por nuestra parte, agregamos que origina además de la evasión y el fraude, que el trabajador, falso empresario, pierda de un plumazo todos sus derechos laborales y la casi totalidad de Seguridad Social. Su jubilación, si es que la logra, será un tercio aproximadamente de la jubilación que alcanzaría un trabajador auténtico, dependiente.
Los laburantes de los medios de comunicación, de la salud, de los servicios de limpieza y seguridad y muchos otros saben bien lo que quiero decir.
Y no vale, no aceptamos la muy paqueta definición, muy jurídica, muy formal, que cae muy bien al oído, de que se trata de una relación atípica o de dudosa legalidad. Salvo las excepciones, que las hay, siempre habrá empresarios en serio, se trata de fraude.
Sí señores: se trata de no pagar a la Seguridad Social, descargando los costos en los trabajadores, los llamados «recursos humanos», las piezas de recambio, diría el escritor Ferrachi.
Cuando el ministro Bensión habla de la necesidad de flexibilizar, se hace el distraído. ¡Qué mayor herramienta flexibilizadora y desreguladora que este nefasto artículo 178, que no ocupa los primeros planos de las noticias, pero que en la práctica está haciendo estragos en las relaciones laborales, liquidando paulatinamente el Derecho del Trabajo!
No resulta aceptable, por otra parte, que desde el propio Estado se favorezca tales prácticas defraudadora y/o elusivas.
El Poder Ejecutivo, por sancionar el decreto que lo posibilitó allá por enero de 1995. El Parlamento, por haberlo legitimado cuando votó la ley previsional, en setiembre de 1995.
Y la administración, por unipersonalizar a trabajadores, o los organismos de control de las empresas unipersonales, miren para el costado aceptando cualquier falsa empresa unipersonal, ignorando las innumerables advertencias e informes técnicos que gente que sabe del tema les ha hecho llegar a quienes tienen que decidir. Como está sucediendo en estos días, lamentablemente.
Es que como tantas veces hemos expresado, el contrato que liga al trabajador con su empleador no se trata de una relación jurídica sino de poder. Uno manda y otro obedece.
Máxime en una realidad en la que 2 de cada 5 uruguayos que pretenden trabajar no tienen empleo, o si lo tienen es precario, y en la que más de 500.000 uruguayos están al margen de la Seguridad Social.
¡Cosas de la globalización, del mercado, del capital financiero y del individualismo cerril! *
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