El adiós a un amigo
LEOPOLDO AMONDARAIN
Nos unía con Gustavo Puig una amistad de 40 años. La empezamos en Preparatorios de Derecho en los Jesuitas. Juntos integramos la juventud herrerista de la época y luchamos juntos en foros, mesas redondas, audiciones, programas polémicos en radio y televisión. Pero sobre todo hubo una identidad ideológica nacionalista.
Cuando surge el Movimiento Por la Patria de Wilson, a la semana de instalado en la calle Yi, hicimos nuestro compromiso con el caudillo. Supo ser posteriormente secretario de bancada y convencional, y al sobrevenir el quiebre institucional con sus consecuencias apechugó la situación con entereza y coraje.
Al restablecimiento de la legalidad, se reintegró a la militancia nacionalista, y a la muerte de Ferreira –y la subsiguiente derechización de la corriente mayoritaria–, discrepando éticamente con alguna figura relevante y decisiva, se alejó de la colectividad; entendió que la lucha debía ser desde afuera. No compartimos ese criterio y con igual lealtad creímos que la misma debía darse desde dentro del viejo Partido Blanco. Pero esa diferencia –con ser sustancial e incluso compartiendo muchos puntos de vista– por lo mismo no alteró la vieja amistad.
Empleó sus conocimientos y su especialidad de profesor de Derecho Penal en la defensa de los más débiles y perseguidos, y jamás usó su profesión de abogado con miras de enriquecimiento personal, por más que ello sea la legítima aspiración de muchos; por el contrario, con todos sus éxitos profesionales, la muerte lo sorprende sin fortuna propia, aunque –eso sí– con toda dignidad.
Fue un hombre justo, honrado, y un excelente amigo. El otro aspecto resaltable entre tantos otros es su postura filosófica. No era creyente; pero como todo ser inteligente, siempre fue respetuoso de quienes profesan con honestidad y convicción su fe y sus creencias.
Al concluir estas apretadas líneas con las que intento transmitir los sentidos conceptos expresados por quien lo conoció y apreció a este amigo de todas las horas –buenas y malas– se abre un vacío insalvable de diálogos, afectos, peñas, con intercambios ricos en ideas y vivencias, porque Gustavo Puig supo cultivar la camaradería, la fraternidad y la solidaridad con los amigos en general y con los más débiles en particular.
Para los que somos creyentes, nos consta con toda certeza que –obviando creencias filosóficas– el Patrón de Arriba, infinitamente sabio y justo, tendrá en cuenta su bondad, su humanidad y su hombría de bien.
Como dicen los vascos, que tú también defendiste: agur, Gustavo. ¡Que Dios te tenga en su Gloria! *
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