Un mundo dócil y regimentado para el señor Bush
Bush echa leña a la hoguera. Ha dicho que los ataques con ántrax significan la segunda fase de la ofensiva terrorista contra su país. Al expresarse de este modo Bush desconoce las informaciones difundidas en los Estados Unidos por las agencias de seguridad del Estado (CIA, FBI) acerca del presumible origen interno de tales atentados terroristas.
Al mismo tiempo, una vez más, dirigiéndose a un público de dirigentes políticos de Europa Oriental, el Presidente de los Estados Unidos ha reiterado su sencilla admonición: «O se está con nosotros o se está contra nosotros».
La rígida tesitura del gobierno y la diplomacia norteamericana es –y cada día de guerra que transcurre lo es en mayor grado– inaceptable para el resto de las naciones.
Al menos tres de los presupuestos básicos de la campaña iniciada hace un mes son altamente discutibles.
En primer lugar la decisión de iniciar una campaña contra el terrorismo a partir de feroces bombardeos a un país que, supuestamente, protegería a los responsables de los criminales atentados del 11 de setiembre.
La palmaria despreocupación ante el crecimiento de las víctimas inocentes de los bombardeos a objetivos civiles, como los edificios de la Cruz Roja, alegremente definidos como «daños colaterales» son difíciles de aceptar para la opinión pública de muchos de los pueblos cuyos gobiernos vienen apoyando las acciones bélicas contra Afganistán.
Ante esta situación la política de la administración ha apuntado más a controlar la difusión de noticias que a evitar que los daños irreparables se produzcan.
Una segunda problemática que resulta inaceptable desde el punto de vista democrático es el crecimiento vertiginoso en los Estados Unidos de la intolerancia hacia las críticas, las actitudes de hostilidad e intolerancia hacia las minorías étnicas de origen islámico y la exaltación patriótica.
El crecimiento de los controles sobre los movimientos de las personas, las insinuaciones de restricciones para el otorgamiento de visas a los estudiantes extranjeros que se inscriben en las universidades norteamericanas, son indicios de una sociedad que parece encaminarse, inexplicable y penosamente, hacia un sistema cada vez más regimentado. Como ha comentado en estos días un corresponsal de un periódico mexicano en los Estados Unidos, George Orwell se equivocó, no fue en «1984» sino en 2001.
Las advertencias de lúcidos pensadores independientes, como Noam Chomsky, no han logrado, hasta ahora, hacer que el espíritu crítico y reflexivo se extienda en los campus universitarios, donde gran parte de la juventud estudiantil se ha alineados con fervor en la cruzada patriótica del señor Bush.
En tercer lugar, en su pulsión exaltada y maniquea, el señor Bush pretende extender la política de contralores, militarización y belicosidad hacia otras regiones del mundo, empezando por los explosivos aledaños de Afganistán, sin descuidar rincones remotos como la Triple Frontera que separa a la Argentina, Paraguay y Brasil y en particular la Ciudad del Este, donde vive una numerosa colonia de ciudadanos de origen islámico. Digamos de paso que ha sido muy clara la actitud del presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, de distanciarse de cualquier pretensión represiva en esa zona.
Al forzar sin contemplaciones al gobierno paquistaní para que se pliegue sin reservas a la alianza anti-talibán, la administración norteamericana aumenta la presión en toda la región.
La presión militar y diplomática se ha acentuado al paroxismo en un país con la población fuertemente tensionada por factores étnicos y religiosos, que arrastra un interminable conflicto con su vecino, el Estado de la India y donde, desde el punto de vista institucional pervive un régimen político de dictadura militar, de bajísima credibilidad.
Además de ese cúmulo de factores de inestabilidad, ese país tiene un grave problema agregado: posee un moderno arsenal de armas nucleares, similar al que también posee su adversario histórico. Romper los equilibrios en una situación tan explosiva puede resultar altamente inconveniente. *
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