La educación en el ojo de la tormenta
Existe una resultante constante de la política del gobierno, que es la destrucción a mansalva del capital humano. Ello ocurre desde todos los puntos de vista: hace pocos días se conoció la situación de los bachilleratos que administra ANEP, que viven un desastroso período, quizás uno de los más calamitosos de la historia del país. Y ello, obviamente, es el resultado de la lamentable gestión realizada por la ANEP, donde al desorden se sumaron ciertas prácticas administrativas irregulares, que fueron minando al conjunto de la actividad educativa.
¿Alguien cree posible que los adolescentes puedan tomar en serio a una institución en la cual desaparecen cientos de computadoras, en que se pagan sobreprecios y se eluden controles, cuando no se violan claras disposiciones legales vinculadas a la administración? ¿Un organismo estatal que tiene en los contratos de obra y servicio su política permanente de ingresos de funcionarios?
Hace poco tiempo –cerca de tres meses– en remate público se entregó a un grupo de empresas privadas la terminal de contenedores. Por la operación se pagaron 19 millones de dólares, suma que fue totalmente a la ANEP con el cometido de realizar obras, refaccionando a nuevo algunos centros de enseñanza y construyendo otros.
Han pasado tres meses, y nadie –pese a que los cheques respectivos se entregaron en actos públicos, donde abundaron las sonrisas– conoce qué se está haciendo con ese dinero, si se han aprobado proyectos o se han desechado otros. ¿No sería responsabilidad de las autoridades hacer un seguimiento de lo poco que logró el país por el remate de la más importante puerta de ingreso y egreso comercial del país?
Por todo eso –y podríamos seguir con ejemplos, angustiándonos por una situación de desorden que no tiene explicación y que no debe ser aceptada– nos preocupa la situación de los muchachos, quienes deben concurrir a las escuelas, liceos y bachilleratos dirigidos por este organismo de la enseñanza que muestra creciente deficiencias, especialmente cuando en el mundo se han modificado los conceptos de las ventajas comparativas de los países.
Hoy lo que nos podría diferenciar de otros, sería el capital humano y la tecnología. En años anteriores manejábamos el concepto de que los uruguayos eran más cultos y mejor preparados, por lo que tenían las puertas abiertas en el exterior. Ello era discutible en el pasado, excepto cuando se hablaba de algunos egresados que habían realizado cursos en institutos de punta, los que ya no existen. Ahora la cruel realidad es que los uruguayos, cuando el mundo tiende a medir acervos personales insertados en el marco de la economía del conocimiento, están recibiendo una formación de menor calidad.
Ya los que se van del país no se insertan en prestigiosos institutos de investigación científica ni son contratados para trasmitir conocimientos en universidades; tampoco son contratados por empresas en altos cargos en donde el valor de cambio es la cultura y el conocimiento.
Hoy los que se van, como mano de obra barata, cumplen las tareas más humildes, las que los habitantes del país anfitrión no quieren hacer.
Otro síntoma, otra claudicación de un sistema cuya teoría de sustentación está agotada. *
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