¿Buda sonríe?
IRMA MARIA OLIVERA
Militante ecologista
La reciente visita del secretario de Estado norteamericano Colin Powell al subcontinente asiático tuvo como uno de sus objetivos persuadir a India y Pakistán de que evitaran nuevos enfrentamientos, como los que se han estado sucediendo entre ambos países desde su desmembramiento del imperio británico, en 1947. La mayor parte de ellos, que sólo en una primera etapa causaron más de un millón de muertos, se han producido por el dominio sobre Cachemira. Pero en la actualidad, son particularmente peligrosos porque India y Pakistán poseen armas nucleares. También las posee China, cuyas relaciones con India han sido difíciles, llegando hasta a la guerra, en las fronteras del Himalaya, durante 1962. Dos años después, hacía detonar un artefacto nuclear en las instalaciones de Lop Nor, desierto de Gobi, llenando de orgullo incluso a los chinos anticomunistas de Hong Kong, uno de los cuales manifestaba: «Nuestra espina dorsal se ha enderezado, ahora podemos caminar erguidos».
A fines de la década siguiente, abandonada la teoría maoísta de la «guerra popular» y favorecida la de fuerzas armadas reducidas y altamente profesionales, la necesidad de continuar con el programa nuclear era expresada, enfáticamente, por un funcionario gubernamental con estas palabras: «Aunque tengamos que andar sin pantalones necesitamos la tecnología nuclear».
Las únicas protestas surgían de los musulmanes que habitaban la provincia de Sinkiang, en cuya región desértica se realizaban las pruebas que en opinión del gobierno central eran inofensivas para la salud.
India, que sospechaba cada vez más de los preparativos nucleares de China y Pakistán, no quería quedarse rezagada y, en 1974, hizo detonar un artefacto de ese tipo en Pokaran, desierto de Thar. Hecho que fue anunciado al gobierno de Nueva Delhi en estos términos: «Buda sonríe».
El éxito de la prueba sirvió, transitoriamente, para elevar el prestigio de la gobernante Indira Ghandi y para exacerbar, entonces y después, el sentimiento nacionalista dado que las armas nucleares son un símbolo, por excelencia, de prestigio internacional.
Pakistán, a su vez, inició su programa nuclear en 1965 y lo prosiguió con dedicación porque como expresara el primer ministro Alí Bhutto: «Si India construye la bomba nosotros comeremos hierba u hojas, hasta pasaremos hambre pero conseguiremos una». Y, en 1979, despojado ya del poder, desde su celda de condenado a muerte, declaraba: «Sabemos que Israel y Sudáfrica tienen capacidad nuclear. Las civilizaciones cristiana, judía e india tienen esa capacidad. Los estados comunistas también la poseen. Sólo la civilización islámica no la posee pero esa posición está a punto de cambiar». Y así fue: en 1992 su hija Benazir Bhutto, en el gobierno, reconoció que, en 1990, generales pakistaníes habían querido arrojar un artefacto nuclear sobre tropas indias: lo que se evitó tras el alerta dado por el embajador de EEUU. Las pruebas de mayo de 1998 disiparon las dudas que existían sobre la capacidad nuclear de India y Pakistán. India incluyó en las cinco realizadas una termonuclear, lo que implica la posibilidad de construir bombas de hidrógeno. Pakistán, en respuesta, y a pesar de las advertencias del presidente Clinton, detonó seis, en las colinas de Chagai, en Beluchistán, cerca de la frontera con Afganistán, llenando de júbilo a la nación. EEUU advirtió a India y Pakistán que se vería obligado a imponerles sanciones e instó a ambos países a «revertir la peligrosa carrera armamentista».
La que había sido favorecida, en el caso particular de Pakistán, con la ayuda de billones de dólares, sin demasiado control, durante los gobiernos de Reagan y Bush, mientras la URSS hacía sentir su presencia militar en Afganistán. Una vez desaparecida ésta, se aprobó la enmienda Pressler que requería la certificación por el presidente de EEUU de que Pakistán no poseía un arma nuclear para continuar siendo prestada. Lo que no ocurrió en 1990 por lo cual fue suspendida. Desde Gran Bretaña, luego de los ensayos nucleares de 1998, Tony Blair expresó la pesadumbre del gobierno británico, la que pudo ser evitada, respecto a Pakistán, si los laboristas, en los años 70, no hubieran permitido que se le vendieran los materiales y tecnología que los hicieron posibles.
Colaboración que no fue reconocida por el primer ministro Nawar Sharif, quien luego de anunciar a su país: «Hemos, ahora, dado nuestra respuesta a India», saludó a sus aliados, en especial a China.
Rusia, por boca de su presidente Boris Yeltsin, se limitó a decir que India le había fallado. Como escribía un periódico moscovita: «La condena mundial de las explosiones nucleares de India contrastó con la tranquila, casi serena respuesta de Moscú». La que era entendible dado la estrecha relación de los dos países en áreas militares y técnicas, incluidas la espacial y nuclear.
En el senado de EEUU, Richard Selby, presidente del Comité de Inteligencia, se preocupaba por el fracaso de la CIA en detectar los preparativos de India para realizar sus ensayos nucleares: «Fue un colosal fracaso de nuestro cuerpo de Inteligencia», decía. Si bien no se sabe con certeza el número de armas nucleares con que podrían contar India, Pakistán y China, se supone que poseen o están en condiciones de poseer, 50, 12 y 400, respectivamente. Lanzadas, algunas de ellas, sobre blancos estrictamente militares, como éstos se encuentran ubicados cerca de grandes concentraciones urbanas: Calcuta, Delhi, Karachi, Lahore, Shangai, causarían no obstante, millones de víctimas. Los ensayos de estas armas han contaminado regiones distantes de aquellas en las que fueron efectuados.
Los indios diseminaron partículas de plutonio a 800 kilómetros de distancia, dentro de territorio pakistaní.
En una de las muy escasas manifestaciones realizadas en India, en protesta contra estos ensayos, uno de los participantes llevaba un cartel que decía: «Buda no sonríe».
En verdad, el príncipe nepalés que, hace más de 2.500 años, abandonó su palacio en las estribaciones del Himalaya para, despojado de todo, llegar a ser Buda, el Despierto, enseñó, siempre, que el odio no puede detener al odio y que, en la vida terrenal, no hay dicha superior a la paz. *
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