Los fines de la educación según la óptica neoliberal

Los "valores" que propone el modelo

Un asiduo colaborador del matutino El Observador, el señor Carlos Ball –«académico asociado del Cato Institute y director de la agencia de prensa Aipe», según el crédito que figura al pie de sus notas– se ocupa de ilustrarnos periódicamente con profundas reflexiones. Quizá su intención sea convertirse en un valioso modelo ideológico, con cuyas audaces propuestas la intelligentsia criolla se verá repentinamente iluminada; pero en realidad, su prédica resulta casi risible por cuanto no es sino una caricatura del pensamiento cavernario más radicalizado.

En su última entrega, el señor Ball –so pretexto de reclamar la más irrestricta libertad para que los padres elijan dónde educar a sus hijos– la emprende contra la educación pública en Estados Unidos, que, según parece, adolece de graves fallas.

No es nuestro interés polemizar sobre el tema pues se trata de una realidad que desconocemos. Llama la atención, sin embargo, que al analista no se le ocurra proponer la mejora de la calidad de educación que imparte el Estado, y en vez de ello, reclame que éste subsidie a los institutos privados.

Pero lo realmente ilustrativo de una mentalidad esencialmente retrógrada es la causa a la que el analista atribuye el deterioro, así como cuáles han de ser los fines de la educación.

Dice Ball que todo se debe a que los sindicatos de maestros y la burocracia escolar lograron controlar la educación, y es así que hace veinte años «las escuelas del gobierno se concentraban en educar a los muchachos en las materias básicas como el lenguaje, las matemáticas, las ciencias y la historia. Hoy en día no es así. Un creciente número de cursos nada tiene que ver con esa educación básica y mucho que ver con el adoctrinamiento en los temas que actualmente están de moda: la sexualidad, el medio ambiente, las culturas étnicas, la adoración del sector público y desconfianza hacia todo lo que es privado». (Todo sic; subrayado nuestro).

No deja de ser significativo el hecho de que el pensador mezcle en la misma despreciable bolsa la sexualidad, la ecología y el antirracismo junto a la defensa del Estado y el consiguiente rechazo a las privatizaciones.

Todas esas perniciosas preocupaciones deberían estar erradicadas: la sexualidad, por pecaminosa; el medio ambiente, por entorpecer el enriquecimiento de algunos industriales; las culturas étnicas, por referirse a seres inferiores.

Y tan perjudicial para la salud social –como lo es sin duda el abordaje de esos temas– resultan los organismos y empresas públicas que impiden el reinado del sacrosanto mercado regulador.

Que el sexo siga siendo un tabú para que los editores de material pornográfico sigan acumulando ganancias; que los ambientalistas no atenten contra el desarrollo; que no se dude de la superioridad de la raza blanca y de la cultura occidental; que el Estado desaparezca.

Que los jóvenes se limiten a hacer cuentas, a escribir correctamente, a estudiar física y química y a recordar fechas de batallas famosas.

Con eso es más que suficiente para tener una sociedad de autómatas, consumidores sumisos a las leyes inexorables del mercado, con un buen espíritu de resignación en vez de espíritu crítico, sin cuestionar nada y admitiendo todo lo que los medios electrónicos les digan.

He aquí una perfecta síntesis del modelo que nos proponen estos preclaros pensadores, moderna versión de los ideólogos de la barbarie.

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