Desaparecidos: sólo la verdad
En la jornada de ayer, tres hechos provenientes de distintas fuentes parecen coincidir, sin embargo, en una misma dirección: los problemas que las democracias del Cono Sur heredaron de las dictaduras sólo encontrarán un camino de solución mediante la búsqueda irrestricta de la verdad.
Todo movimiento, toda iniciativa que pretenda avanzar sobre la situación actual debe hacerse cargo de los antecedentes, debe asumir la dolorosa experiencia del pasado.
No hay, no puede haber fórmulas mágicas que contenten, de la noche a la mañana, a todo el mundo.
No se puede aislar el tema de los crímenes de la dictadura, el más grave de los cuales es la práctica de las desapariciones forzadas, sin reconocer que existe un problema sin resolver en las Fuerzas Armadas y que –necesariamente– la resolución de los temas del pasado implican remover los obstáculos que para el conocimiento de la verdad imponen algunos cuadros militares aferrados a la escolta de la impunidad.
1 El primer hecho lo constituye la breve pero elocuente carta enviada al nuevo Presidente de la República por 168 poetas y escritores de todo el mundo, reiterando su solidaridad con el pedido de Juan Gelman para la investigación del destino de la criatura nacida en cautiverio en 1976: «Ayer, hoy y mañana forman un solo cuerpo: el cuerpo del hombre y la mujer de todos los siglos», escriben en su misiva en la que apelan a la grandeza del nuevo mandatario uruguayo.
Una primera señal de sensibilidad sobre este delicado tema podría señalar un momento nuevo en el abordaje de la situación de desaparecidos y en especial de los niños.
2 Por otra parte, se conoció la respuesta que los Familiares de Detenidos Desaparecidos formularon con relación a algunas propuestas que se han venido manejando desde esferas políticas y de gobierno.
Familiares empieza por subrayar que la reapertura de la discusión gubernativa del tema «demuestra que la estrategia de proclamarlo laudado y de dejarlo librado al paso del tiempo seguida anteriormente, ha fracasado.»
Después de reiterar que nunca van a aceptar «que se decrete la muerte de los seres queridos por ley o decreto» rechazan la idea de «delegar la búsqueda a quienes fueron las partes del problema: militares y ex guerrilleros», exigiendo transparencia e independencia para quienes procuren una solución al problema. «Además, afirmar que éstas (militares y ex guerrilleros) son las partes del problema, significa validar la mentira de que las desapariciones forzadas fueron fruto de una situación de guerra o de enfrentamiento. Las desapariciones (…) fueron fruto del terrorismo de Estado que ejerció la dictadura para aniquilar a la oposición y se empezaron a practicar sistemáticamente cuando hacía años que había cesado la actividad guerrillera en nuestro país.
3 Finalmente, la prensa chilena y argentina de ayer se ocupa ampliamente de las «sorprendentes declaraciones» del brigadier chileno Pedro Espinoza, el segundo hombre de la policía política de ese país después del golpe de Pinochet.
Espinoza está, junto con Manuel Contreras, preso por su responsabilidad en el asesinato del ex canciller del gobierno de Salvador Allende, Orlando Letelier, ultimado en Washington en 1976 por mandato de los jefes de la DINA.
Ahora, en lo que Página/12 denomina «primer quiebre del pacto de silencio» entre los militares chilenos, Espinoza declaró ante la televisión que «en el Ejército nada se hacía sin que hubiera un responsable en cuanto al mando, en cuanto a la jerarquía y en cuanto a la autoridad».
De este modo Espinoza apunta directamente a las responsabilidades de su ex jefe (Contreras) y de Augusto Pinochet.
Es la primera vez que se configura una acusación de este tipo contra el ex dictador de Chile.
Una vez más, los crímenes aparentemente olvidados de la «Caravana de la Muerte» parecen exigir que la verdad aflore y se conozca y actúe la justicia.
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