La soledad de Batlle
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La soledad política del presidente Jorge Batlle, tanto dentro del Partido Colorado como en el «acuerdo» realizado con el Partido Nacional, es uno de los hechos más significativos de las primeras etapas del nuevo gobierno. Han surgido reiterados encontronazos tanto con el presidente del Directorio del Partido Nacional, Luis Alberto Lacalle, como con el propio ex presidente Julio María Sanguinetti, que sigue moviendo sus hilos de titiritero, con el fin de mantener los privilegios propios y de correligionarios, tal como ocurrió en todo el transcurso de su segundo período de gobierno. En todos los casos el perdidoso fue el presidente de la República.
Sin embargo, Batlle tiene una característica que lo diferencia de su antecesor, neoliberal, reaccionario e inflexible dentro de su pequeño marco ideológico; Batlle, un político de raza, está mostrando las cualidades de una actitud abierta, que más allá de sus concepciones ideológicas, es propicio al diálogo con todas las fuerzas políticas, intentando con ello crear un basamento general y sólido para su gobierno. Sabe muy bien que en el Encuentro Progresista puede encontrar un apoyo fundamental, si se produjera una crisis con sus actuales aliados. El clientelismo feroz que han demostrado tanto «foristas» como «lacallistas», es uno de los temas que desde el pique de la gestión, ha creado conflictos que en todos los casos han dejado a Batlle en una situación desairada.
Recordemos, en primera instancia, lo ocurrido en algunas empresas públicas con el ingreso de funcionarios y, además, el paradigmático y escandaloso proceso desarrollado en el Palacio Legislativo, donde por decisión de Julio María Sanguinetti, ingresaron más de sesenta nuevos funcionarios. Concretamente en el Senado de la República fue el lugar donde se produjo la más escandalosa muestra de clientelismo, que tuvo como resultado final la aparente imposición del criterio de Sanguinetti sobre la decisión del propio Batlle de dejar sin efecto esos nombramientos. Decisión que fue incumplida por el vicepresidente, el «forista» Luis Hierro López.
¡Grave!, muy grave ese hecho, demostrativo de la soledad del presidente de la República. También hay otros elementos para señalar, como las actitudes políticas protagonizadas por el ministro de Defensa Nacional, el también «forista» Luis Brezzo, que en cada ocasión que tuvo desautorizó las políticas enunciadas por el primer mandatario. Ello ocurrió en varios temas puntuales: el de la pacificación, que necesariamente debe estar vinculada al esclarecimiento del tema de los desaparecidos; otro de los puntos en que Brezzo se ha manifestado «remilgoso» es el de la revisión de adjudicación de ondas, una de las últimas resoluciones del gobierno de Sanguinetti. La visión de Batlle era anular lo actuado por el ex primer mandatario, quien entregó a correligionarios y «amigos» políticos las pocas frecuencias que todavía estaban libres en el país.
Las protestas de Rami y Andebu se hicieron sentir con fuerza y el escándalo ganó los titulares de la prensa. Por su parte el presidente Batlle –según transcendidos que luego se confirmaron– también en este caso estaba dispuesto a anular lo firmado por su antecesor.
Sin embargo, las presiones fueron, al parecer, insoportables. Hoy no se conoce cuál será el resultado final de esta concatenación de hechos, pero algunos analistas sostienen que las resoluciones de Sanguinetti se mantendrán firmes.
Un tercer tema que muestra también las debilidades heredadas por Batlle y que son el resultado de los acuerdos políticos concretados previamente a la segunda vuelta electoral, que propiciaron, por otra parte, su triunfo, sirvieron paralelamente para minar la fortaleza de su gobierno. Este tercer tema es el de los funcionarios en «comisión» que cumplen tareas en el Edificio Libertad. Claro, este es un tema espinoso, pues de las prácticas de clientelismo no tienen culpa quienes tratan de lograr un empleo por el único mecanismo que existe en este país. En el Edificio Libertad hay alrededor de 260 funcionarios en «comisión», muchos de ellos ingresados allí luego de haber sido incorporados al presupuesto de intendencias del interior, como mecanismo para sortear lo establecido por la Ley de Presupuesto, sobre la prohibición del ingreso de nuevos funcionarios a la Administración Pública.
El tránsito, después del nombramiento, al Edificio Libertad se hizo inmediato, siendo compensados estos funcionarios «por su sacrificio» con sobresueldos que bordean el 50% del sueldo inicial, lo que determinó que todos ellos tuvieran remuneraciones superiores a los funcionarios propios del Edificio Libertad.
Batlle, como muestra de su política de contención del gasto, intentó poner coto a este privilegio, que fue el resultado de una ingeniosa forma de violar la ley de presupuesto, ideada por el ex presidente Julio M. Sanguinetti. Sin embargo en este punto también aparecieron los problemas, las presiones y una decisión que estaba tomada comenzó a empantanarse en un mar lleno de cuestionamientos políticos, en el que unos y otros –no justamente los funcionarios implicados– comenzaron a poner trabas. Hasta hoy, más allá de trascendidos contradictorios, no se sabe en qué quedará la decisión de achicar el presupuesto del Edificio Libertad, haciendo volver a los funcionarios a su ámbito original de trabajo. Así, un poco a vuelo de pájaro, analizamos tres puntos en que Batlle no ha podido convertir su voluntad en medidas concretas, todas las que tenían además un tono simbólico que iba más allá de los elementos administrativos. Eran resoluciones que tenían un objetivo moralizador, porque trataban de modificar tres resoluciones del gobierno anterior, que fueron el producto de las peores prácticas políticas y de criterios verticalistas que bordean lo antidemocrático. Aquí se verificaron actos de clientelismo político, de otorgamiento de bienes del Estado (las ondas de radio) sobre la base de resoluciones que favorecen a los «amigos» y, en tercer lugar, una situación que es producto de un subterfugio destinado a violentar una ley, propuesta por el propio Poder Ejecutivo, y aprobada por el Parlamento.
Así van las cosas y Batlle lo sabe.
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