La Suiza de América

A mediados del siglo pasado el Uruguay era considerado la Suiza de América. Ello en razón de su democracia ejemplar apenas trastrocada por el quiebre institucional del terrismo. Tampoco hay que olvidar que José Batlle y Ordóñez había viajado a Europa entre sus dos presidencias a imbuirse de modernidad política, social y económica. Buscaba inspiración para dotar al país de mecanismos para un óptimo funcionamiento de la democracia. Aparentemente, el modelo suizo (un país de escaso territorio donde conviven en armonía vacas y seres humanos) con su gobierno colegiado le dio la pauta de cuáles serían las reformas a introducir en nuestro país.

Así se hizo del régimen colegiado, una de las principales banderas de lucha hasta que quedó consagrado en la Constitución de 1952, después del híbrido de la de 1917. Poco duró la experiencia colegialista, un sistema de gobierno al que se achacaron todos los males que el país empezó a vivir desde fines de los cincuenta, y en 1966 se volvió al Ejecutivo unipersonal.

Ultimamente se está hablando de la necesidad de que Uruguay vuelva a ser la Suiza de América. Pero desde los voceros de la derecha neoliberal lo que se pretende es adoptar no el modelo político suizo sino el económico, que no es otro que la absoluta libertad de mercado, el turismo y –aquí está la clave– el sistema financiero. El pequeño país europeo es presentado como el modelo a imitar, y se nos dice que constituye un ejemplo de las bondades del neoliberalismo, sistema que ha favorecido el crecimiento, ha fomentado la estabilidad y ha generado empleo; los casos exitosos son de sobra conocidos, afirman.

También son de sobra conocidos los rotundos fracasos de la aplicación del modelo. No sólo Argentina –un ejemplo paradigmático– o Brasil; en el viejo continente la Inglaterra tatcheriana procedió con entusiasmo a la apertura y a la privatización, y los resultados ya han sido denunciados como nefastos en cuanto a eficiencia y responsabilidad de las empresas públicas privatizadas.

El crecimiento verdadero pasa por la reactivación del aparato productivo, auténtico generador de riqueza y de empleo. A eso hay que apuntar. *

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