Voces criollas se unen al coro de la intolerancia

Martes 23 de octubre de 2001 | 12:00
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En nuestro editorial del pasado domingo 21, hacíamos referencia a cómo las posturas contestatarias parecían volverse sediciosas según la óptica que empieza a prevalecer desde el 11 de setiembre.

Decíamos allí que una vez desaparecido el bloque soviético e instalado el mundo unipolar, el imperio se veía en la necesidad de hallar un enemigo y que los atentados del 11 de setiembre habían servido a ese propósito.

Fue así que la máxima bushiana de “quien no está con nosotros está en contra nuestra” se convirtió en la llave maestra para considerar enemigos a todos quienes no se alineen en el bando de los ‘buenos’; la neutralidad, la autodeterminación, la independencia, son vistas automáticamente como amenazas al mundo occidental.

Los derechos humanos consagrados en las constituciones de las naciones democráticas también están en peligro. La histeria antiterrorista, la necesidad de obtener información para desbaratar las posibles células, llevan al colmo de que el FBI y la CIA, y en general todos los organismos de Inteligencia, reclamen la posibilidad de “endurecer los interrogatorios”, un eufemismo parecido al que usaba Bordaberry –”rigor en los interrogatorios”– para justificar las torturas practicadas por las Fuerzas Conjuntas.

Esa es la situación en el ámbito de las relaciones internacionales. Pero del mismo modo, todos los individuos y grupos de características contestatarias están en la mira de los sacerdotes gendarmes de la cultura occidental.

“El espíritu crítico se ha convertido –en la óptica del imperio– en uno de los enemigos públicos número uno”, escribíamos en el editorial mencionado.

Uno de los nuevos satanes es el celebrado pensador y lingüista Noam Chomsky, un intelectual de fuste que ha exhibido desde siempre posturas críticas del establishment. El, junto a Susan Sontag, James Petras y otros politólogos disidentes, es una de las voces que con más lucidez y valentía se alzaron para denunciar la absurda e inhumana respuesta bélica a los atentados suicidas.

Esto le valió no solamente la crítica acerba de los medios que en su país están identificados con el sistema. También por estos lares alguna prensa que siempre se caracterizó por su obsecuencia con el imperio y con el poder en general ha creído del caso aportar su granito de arena a las diatribas contra el ilustre ensayista estadounidense.

En su edición de ayer, el editorial del matutino El País se embarca con entusiasmo en la cruzada antichomskiana bajo el título “El parricida americano”. Lo acusa de “leso patriotismo” al “envolverse en la bandera nacional para alimentar, fuera de fronteras, actitudes que (…) van a ser utilizadas por otros”.

Prosigue el editorialista en su verborrágica anatema calificando la actitud de Chomsky contra la política exterior estadounidense como una “artera puñalada descargada por sus propios hijos”. Y concluye: “Los ataques de Chomsky contra su país parecieran pues estar dirigidos a atacar la subsistencia y el mantenimiento de su mismo democrático país, lo que no debe considerarse, por cierto, un mérito a destacar ni un ejemplo a seguir”.

Como puede apreciarse, el colega une su voz al coro destemplado y totalitario que ve en el disidente a un enemigo, en una curiosa coincidencia con cualquier doctrina autoritaria como la de la seguridad nacional que se aplicó aquí durante doce años y que El País aplaudió con fervor.

En cuanto a coherencia, nada puede reprocharse al colega. *

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