El mundo visto desde el Primer Mundo
CARLOS BOUZAS
Los partidos políticos españoles compiten por quién es más radical a la hora de condenar el terrorismo, que pasa –salvo la excepción de Izquierda Unida– por el apoyo a la acción de guerra que practican los Estados Unidos e Inglaterra. El asunto inaugura todos los informativos y acapara las primera planas de los periódicos.
Los camareros de los bares, el servicio doméstico, la cosecha de la uva y recogida de aceituna, la prostitución, son desempeñados por árabes, europeos del este, sudamericanos y africanos, que, previamente, debieron vivir su odisea para encontrar un hueco en la península. Los jugadores de fútbol también provienen de los mismos orígenes, aunque tienen otro tratamiento.
El problema político interno más acuciante lo constituye la estafa de Gescartera: Una calesita con supuestas inversiones en bolsa, que incluye derivaciones políticas que ensucian al gobierno y afectan –entre otros– a la Iglesia, la organización de ciegos y varios miles de inversionistas de a pie.
Un grupo de curiosos discute con la vista puesta en el campanario de la iglesia, donde se ven los restos del impresionante nido de cigüeñas abandonado, porque sus responsables –llamémosles así– han emigrado hacia el sur en procura de temperaturas más agradables. Todos están pendientes de que ese conjunto de ramas de distinto tamaño y grosor que se amontona al costado del badajo, debe mantenerse incólume hasta la próxima primavera, para asegurar nuevamente la presencia del preciado inquilino.
La prensa anuncia unánimemente que los Estados Unidos presentaron «pruebas concluyentes» referidas a la responsabilidad de Osama bin Laden en el atentado del pasado 11 de setiembre. Al día siguiente, el ministro de Relaciones Exteriores admitirá en el Parlamento que su gobierno recibió solamente un informe verbal consistente en un telegrama que le fue leído por la encargada de Negocios de la Embajada norteamericana.
Mi amigo, empeñado en almorzar en un restaurante de un pueblo de la sierra madrileña, pregunta a una pareja de personas mayores que pasea por una calle del pueblo. El hombre, muy comedido, nos indica el camino para llegar al lugar deseado; aunque nos previene que si nos dirigimos a la explanada que da al costado del río, podremos comer unas alubias con chorizo y degustar vino, en plato de aluminio, cubiertos y vaso de plástico, gratuitamente, por invitación del alcalde, porque el pueblo está de fiestas. La jarana en la explanada es mayúscula.
El vasco de cincuenta años, poblador de un caserío en la provincia de Vizcaya, opina que lo de la violencia en su país es puro invento de la tele. Admite que algunas cosillas ocurren, sí, pero no más que en otros lados. Y señala con su índice derecho la primera plana de un periódico expuesto en el quiosco.
Dos amigos discuten en torno a lo que uno de ellos considera cinismo del presidente norteamericano, de tirar bombas y comida en Afganistán. Los otros integrantes de la mesa de la cafetería observan los juegos del agua de la fuente danzando al compás de la música que llena todo el espacio del centro de compras.
Un analista advierte que «no porque lo diga Bin Laden» hay que dejar de considerar los argumentos que expuso el susodicho en un video que divulgó la televisión.
Y pone énfasis en destacar que él ha manifestado que su lucha no es contra la civilización occidental, sino contra la política exterior de los Estados Unidos.
Durante una larguísima cola para comprar entradas para el cine, vamos descartando una a una las que seleccionamos en un ranking casero, porque las localidades se van agotando en las sucesivas salas. Y terminamos concurriendo a la que hay.
Eso sí. Todo se analiza desde el punto de vista de España, la Unión Europea y sus relaciones con los Estados Unidos. Todo lo demás está fuera del Mundo. *
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