El disenso y el espíritu crítico como el nuevo enemigo
A medida que pasa el tiempo y es posible tomar distancia de los atentados del martes negro, algunas de las consecuencias más o menos previsibles que en su momento apuntamos van encontrando confirmación.
En primer lugar, la respuesta irreflexiva y prepotente del gobierno de Bush, representante de los sectores más conservadores, belicosos y belicistas, declarando la guerra a un enemigo casi intangible. Claro que como la guerra necesita objetivos militares concretos sobre los cuales descargar toda la furia nuclear, se decretó que los terroristas estaban protegidos por ciertos países que coincidentemente han exhibido posturas antiestadounidenses.
Asimismo, la amenaza implícita en la ya célebre consigna «quien no está con nosotros está en nuestra contra», lanzada por el jefe de Estado del imperio, puso al resto de las naciones entre la espada y la pared y selló definitivamente cualquier intento de mantener neutralidad o independencia. Lo alarmante es comprobar cuán eficaz ha sido ese ultimátum en la medida en que todo el mundo occidental (Europa, América Latina y varios países orientales pero globalizados) se alineó sin vacilaciones junto al (o detrás del) gran patrón, apoyándolo en su cruzada. Parece obvio señalar que ese apoyo no es gratis, es decir que la adhesión a la cruzada implica recibir ciertas retribuciones como contrapartida, que pueden ser de índole económico financiera, política o diplomática. Pero el hecho es que los atentados fundamentalistas no hicieron sino coadyuvar a la consolidación del predominio mundial de EEUU y a dejar establecida su hegemonía política.
Ahora bien, en la realidad internacional posguerra fría –un mundo unipolar–, ¿dónde ubicar al enemigo? Liquidado el bloque soviético, ¿a quién le toca desempeñar el papel de satán?
La respuesta parece darla precisamente la amenaza de que quien no apoye a EEUU será considerado su enemigo. Los nuevos satanes son pues los disidentes, un término más bien reservado para definir a los opositores en los regímenes totalitarios de corte soviético. Es así que, junto a los fundamentalistas mal entrazados y casi en su mismo nivel de peligrosidad, es fácil ubicar a los intelectuales contestatarios, a los políticos discordes, a los grupos ecologistas, a los militantes antiglobalización, en una palabra, a todos quienes quieren vivir fuera del rebaño. El espíritu crítico se ha convertido –en la óptica del imperio– en uno de los enemigos públicos número uno. Esto es altamente peligroso y significa una regresión a los tiempos de la caza de brujas, al maccarthysmo más desenfrenado.
Precisamente la escritora Susan Sontag, ensayista y militante antiglobalización, en una entrevista concedida al periódico italiano de izquierda Il Manifesto, señala claramente este giro que ha tomado el enfrentamiento entre el bien y el mal. Dice Sontag: «Si ocurriera otro ataque terrorista dentro de las fronteras de EEUU en un futuro próximo, incluso uno que causara una cifra relativamente baja de pérdidas de vidas humanas, se produciría un gran deterioro en el apoyo que en general se da a la heterodoxia y la diversidad, y dicho deterioro sería de carácter permanente. Se impondría algo similar a una ley marcial que llevaría implícito el colapso de toda protección constitucional a los derechos individuales y, muy particularmente, al derecho a la libre expresión».
Susan Sontag pasa a engrosar así el conjunto de intelectuales estadounidenses –junto a Chomsky y a James Petras– que, por obra y gracia del fundamentalismo terrorista, se han convertido en peligrosos enemigos del sistema. *
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