Hambre

SILVIA CABRERA DE BETARTE

 

Hay fechas del calendario que sería mejor ni recordar. Eso me sucede todos los años con el 16 y el 17 de octubre.

Parece increíble que el día 16 de octubre esté destinado a trabajar sobre los severos problemas de alimentación que sufre la humanidad (el 16 es el «Día Mundial de la Alimentación») y que el 17 sea el «Día Mundial de rechazo a la miseria».

Sin embargo, la porfiada realidad nos demuestra día a día que las dos fechas se justifican plenamente y sabemos además que incluso ha habido años destinados a estos tópicos, tratando de lograr sensibilizar al respecto a todo el planeta.

Por ahora, el éxito de dichas campañas brilla por su ausencia.

Sabemos que para el año 2020, unos 132 millones de niños en edad preescolar en el mundo sufrirán desnutrición, pues los analistas piensan que no se podrá revertir significativamente la hambruna que hoy se está padeciendo, y los niños siempre son los más perjudicados.

Hace pocos días fue la 106ª Conferencia de la Unión Interparlamentaria Mundial que se desarrolló en Burkina Faso y nuevamente el tema de la pobreza y de la infancia sumamente hambreada y sufriente estuvo en primer plano y dio para muchas cavilaciones, pues las cifras son dramáticas.

Participaron 116 países y entre ellos estuvo Uruguay. Allí se reafirmó «el compromiso de los parlamentarios de contribuir positivamente, a nivel nacional e internacional, a romper el ciclo de la pobreza en el lapso de una sola generación, a fin de poder criar a los niños en un medio ambiente saludable que les permita ser físicamente sanos, mentalmente alertas, emocionalmente seguros, socialmente competentes y capaces de aprender».

Ahora bien, cuando entramos a conversar del hambre, muchas personas creen que es un tema que se está padeciendo en Africa.

Tienen aún en su cabeza las clásicas imágenes de los niños de Somalia que tanto nos afectan a todos.

Se pierde de vista que en América Central 400.000 personas viven el infierno de la hambruna, sobre todo en Haití, Guatemala, Honduras y Nicaragua, y se desconoce asimismo que ese flagelo también se está viviendo en Uruguay.

Tal vez, como hablar de padecer hambre resulta tan difícil de soportar, tal vez como nos violenta tanto admitir esas necesidades tan primarias, no deseamos ver esa realidad, no deseamos asumirla.

Pero sin embargo, la porfiada realidad del Uruguay también nos dice que el hambre ha llegado hasta nosotros de la mano de la desocupación y desgraciadamente tantas personas hurgando en los contenedores o pidiendo en la calle nos demuestran cotidianamente los sufrimientos de nuestros hermanos uruguayos, aunque queramos hacernos trampas al solitario, olvidarnos de la realidad mirando hacia el costado.

Si en el Uruguay durante los años 1999 y 2000 se perdieron según cifras oficiales 41 mil puestos de trabajo, es lógico pensar que entre los problemas que están sufriendo los hogares uruguayos, el hambre es uno de ellos. Todos sabemos, hasta por sentido común, cómo se da la historia.

Primero se comienza por posponer todo lo relativamente superfluo, después se suspende la adquisición de ropa, después se sigue por no pagar el alquiler, o la luz o el agua o las tres cosas juntas… y finalmente llega la hora crítica de suprimir lo que nos llevamos a nuestro estómago.

Por eso, aunque no nos gusten las políticas asistencialistas, las horas críticas que está viviendo el país no nos dejan alternativas.

El Instituto Nacional de Alimentación (INDA) aumentará en breve un 50% de los servicios que presta por concepto de almuerzos gratuitos, porque ellos reconocen la situación de extrema necesidad que se está viviendo. Pero como se arranca de tan pocos almuerzos (11.000), nos seguimos quedando cortos. No mejoramos sustantivamente, no se mejora con relación a las necesidades que estamos viviendo.

Lo mismo sucede con las canastas alimentarias. El INDA reconoce que las canastas son insuficientes e incluso que deberían ser modificados sus ingredientes, pero no mejora para nada lo que brinda, pues no hay rubros, no hay dinero para mejorar en forma urgente la situación de los más carenciados.

Por lo tanto, que no se solucionen los problemas no es responsabilidad del INDA, es responsabilidad del ministro Bensión, es responsabilidad de la coalición de gobierno y de las políticas que ella mantiene y defiende o de las políticas que no asume, porque yo sigo insistiendo en todo lugar y oportunidad en los que puedo hablar y opinar que «no tienen color político los problemas, pero sí tienen color político los responsables».

Nosotros –los progresistas– cumplimos con el deber de seguir demandando que se atienda a los más necesitados. Algún día se nos escuchará. O de lo contrario, el «voto bronca» que se presentó en la Argentina visitará también al Uruguay.

Si nos preocupa la democracia debemos sentir, tener y demostrar sensibilidad ante los problemas y necesidades de los más humildes.

Si no, la historia –con razón– nos pedirá cuentas. *

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