Disenso e intolerancia
Después del demencial ataque suicida (y asesino) contra las Torres Gemelas y el Pentágono, la reacción casi unánime del mundo entero fue de la más absoluta condena al terrorismo fundamentalista. Incluso Fidel Castro sorprendió a más de uno con la firmeza y lucidez de su postura contra la violencia insana.
Desde luego que paralelamente a la condena que mereció el atentado, también desde diversos lugares del mundo se levantaron voces que, sin dejar de repudiar los métodos empleados por los fundamentalistas, señalaron los crímenes cometidos por el Imperio y plantearon la responsabilidad de su política expansionista e intervencionista en el origen del odio que han sabido granjearse en vastos sectores de la población mundial.
Al mismo tiempo, esas mismas voces que recordaron los estragos y muertes entre poblaciones civiles en todo el mundo, hicieron llamados a la sensatez y a la cordura respecto de la respuesta que debería darse al atentado. Se trató de un clamor por salvaguardar la paz y por no responder a la barbarie con otra barbarie parecida. Dentro de la propia sociedad estadounidense aparecieron pensadores, intelectuales y artistas que se pronunciaron francamente contra las soluciones bélicas y contra el espíritu revanchista y vindicativo que por desgracia parece haber primado en aquel país.
Ahora bien. La sociedad estadounidense, que se ha caracterizado por su capacidad de autocrítica (recuérdense célebres novelas y filmes que desnudan con crudeza ciertas realidades), parece demasiado obnubilada por el golpe y dispuesta a apoyar las soluciones más violentas. Pero no sólo eso: está exhibiendo una peligrosa intolerancia para con sus compatriotas que no se unen al coro que clama venganza. Se ha desatado una nueva caza de brujas contra aquellos que no se han alineado con la postura mayoritaria, y es así que se ha informado de despidos de periodistas que tuvieron el valor de expresar su opinión discrepante de la oficial.
Por más que haya habido una pequeña marcha atrás y la Casa Blanca haya recordado que «todos son libres de decir lo que quieran», es preciso denunciar este resurgimiento de la intolerancia. *
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