"Sable en mano y carabina en la otra…"

JORGE CROCCE

 

El senador doctor Ruben Correa Freitas ha sido notoria figura «de tapa», últimamente, por algunas opiniones muy «contraditables».

(Hoy estoy «fino», porque el doctor dijo que «si le tocaban la dignidad ética», que le dicen, era capaz de retarte a duelo sin esperar a que se pusiera de nuevo en vigencia la ley de duelos).

Dijo así, por ejemplo, que si existiera el duelo no habría tantos que se animaran a hablar (sic). Porque los valientes sableadores, cualquiera fuera su sinrazón, los harían callar.

Pero, la verdad que con algunos de sus dichos tengo notorias discrepancias, aunque como dijo (creo que fue) Voltaire, defendería con mi vida el derecho que él tiene a decir lo que se le canta (libertad de expresión en democracia, que le dicen).

Lo primero por lo que apareció recientemente en la palestra fue por la defensa de su «correligionario», el ex ministro Benito Stern.

Como catedrático grado cinco, creo que de Derecho Administrativo, se mandó una opinión tajante: Ningún ministro puede ser juzgado (por el Poder Judicial), ni en el ejercicio de sus funciones ni después de terminado su mandato, por hechos (y «desechos») cometidos durante su gestión ministerial. Tomá.

Si así fuera, es decir, si la ley así lo estableciera, habría que cambiarla de inmediato.

Porque junto al derecho, están unas cosas que se llaman la ética, el sentido común y ciertas normas de conducta de tipo rabiosamente democrático, de defensa anticorrupción que establecen lo contrario.

De ser así, como él dice, encima que se llevan una ponchada de pesos sólo por estar en el cargo, (y algunos otra ponchada mayor de pesos por sus «ventas de influencias» que es como le dicen ahora a la coima en el lenguaje jurídico), resulta que tienen, según el doctor Correa, como una especie de «patente de corso», para hacer cualquier cosa sin que deban rendir cuentas de sus actos a nadie, por ilícitos que éstos fueron.

Lo segundo que dijo más recientemente, siguiendo en la defensa de causas perdidas, fue en el caso de otro «correligionario», sobre la necesidad de poner de nuevo en vigencia la anacrónica e injusta ley de duelos.

Ahora resulta que si una persona dice algo que no le gusta a otra el tema se arregla en el llamado campito del honor. El «supuesto ofendido» elige el arma que más le calza y chau. Le pega al otro un sablazo (si es sableador) o un tiro (si compró armas y municiones a precios acomodados en los depósitos oficiales) y todo arreglado. Lo mata, o lo estropea, porque tiene más manejo de armas, o más puntería, o qué sé yo, y ahí queda substanciado el enfrentamiento. ¿El que tenía razón gana? No: gana el que tiene más manejo del arma, porque, además, maneja seguramente, el arma que elige. ¡Mirá qué honorabilidad!

¿Cómo se vería, si un contador retara a duelo a un abogado, y el arma que eligiera fuera desde un balancete de saldos, hacer un balance clasificado?
Y el que lo hiciera en menos tiempo, gana. Sería un aprovechamiento inmoral de la indudable debilidad del antagonista.

Y lo peor de todo es que no probaría nada de nada.

Porque una cosa sigue siendo la razón de la fuerza y otra, la fuerza de la razón.

En todo caso, está científicamente comprobado que las ideas no se matan, aunque con suerte, se pueda mandar al otro mundo al envase de las mismas. *

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