La democracia informativa amenazada

En nuestro editorial del pasado sábado 18 nos ocupábamos de un tema de suma importancia en la vida democrática de las naciones civilizadas: la peligrosa tendencia a pretender ocultar informaciones a la población con el pretexto de que ciertas noticias pueden generar alarma y no es conveniente ventilarlas a través de la prensa.

Este tema se vincula con la actitud asumida por la mayoría de los grandes medios electrónicos en oportunidad de la campaña electoral, cuando prácticamente se marginó a uno de los contendientes de los informativos y de los programas periodísticos, o al menos se minimizó su presencia, en lo que constituyó una clara burla al derecho a la información y a la democracia informativa. Claro está que esas irregularidades oportunamente denunciadas quedan opacadas ante el burdo atropello ocurrido la semana pasada en Dolores.

Todos estos hechos se inscriben en un contexto de predominio del «pensamiento único» –término acuñado por el director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet– que trata de imponerse a sangre y fuego (o, si se prefiere, a tinta e internet). Curiosamente, mientras se proclama a todos los vientos la liberalización y la globalización de todas las actividades humanas –entre ellas, la información– nuestro país se ha encaminado hacia el monopolio informativo que responde directamente a los intereses del poder. Y cuando decimos esto, nos referimos a los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional.

De lo que se trata es de envolver todo pensamiento rebelde, cuestionador, fermental, para terminar ahogándolo. Como dice Ramonet, el pensamiento único es «el único que autoriza una invisible y omnipresente policía de la opinión».

Es así que este nuevo catecismo, base ideológica del neoliberalismo que proclama que «la democracia no es el estado natural de la sociedad; el mercado sí» (según palabras de Alain Minc), exige que los medios de comunicación de masas estén a su servicio de manera de poder repetir machaconamente sus dogmas con el fin de internalizarlos en la conciencia social para de ese modo maniatar el espíritu crítico y evitar toda tentativa de reflexión libre.

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