Enemigo, se sigue buscando
RAFAEL SANSEVIERO
El sociólogo alemán Ulrich Beck sostiene que la democracia necesita, para la construcción del consenso, disponer de una consistente imagen de enemigo.
1)
Si la tesis de Beck es cierta, aproximadamente cierta, ¿será posible construir el proyecto de una democracia desmilitarizada? Y ¿podrán renunciar nuestras sociedades a contar con la capacidad de violencia organizada necesaria para enfrentar al imprescindible, aunque hoy difuso, enemigo? Finalmente ¿no sería esa necesidad de enemigo, fundante de la democracia, entre otras razones, lo que obstaculiza un debate serio y franco acerca del lugar de las Fuerzas Armadas en nuestras sociedades? Intentaré repasar algunos datos a la luz de la propuesta de U. Beck.
La letra
A pocos días de efectuada una compra de aviones de combate F16 por parte del gobierno anfitrión, la Cumbre del Grupo de Río reunida en Santiago de Chile acordó «…adoptar medidas que contribuyan a una efectiva y gradual limitación de gastos de defensa en la región, con la finalidad de disponer de mayores recursos para el desarrollo económico y social de nuestros pueblos…».
Tal resolución se adopta cuando aún resuena el llamado a «eliminar todos los ejércitos Latinoamérica para invertir en desarrollo» formulado por el presidente de Costa Rica; por su parte el presidente Alejandro Toledo, viene de afirmar que Perú no tiene motivo alguno para seguir invirtiendo en armas y que su único enemigo es la pobreza de su gente.
El asunto de la desmilitarización de nuestras sociedades ingresa episódicamente en la agenda pública.
Habitualmente emerge como un asunto residual a la necesidad de reorientar el gasto público o, en el mejor de los casos, a través de un abordaje retórico dónde, si bien se debate el «nuevo rol» de las FFAA, nunca entra en cuestión la pertinencia de contar con contingentes depositarios de la violencia organizada de las sociedades.
Son los propios militares, quienes preocupados por el recorte generalizado del gasto y las tendencias a la reducción de los ejércitos, los únicos que debaten el tema sistemáticamente buscando afanosamente integrarse en el nuevo esquema de seguridad de los gobiernos, al redefinir e identificar el «nuevo enemigo».
Ligado al narcotráfico, corrupción, pobreza, problemas ambientales, fronterizos, distribución de la riqueza, inseguridad ciudadana, falta de educación y cultura, estos nuevos enemigos constituyen, a juicio de muchos relevantes actores, verdaderas «amenazas a la seguridad».
La desmilitarización de América Latina al finalizar el Siglo XX
Tanto las condiciones internacionales como las nacionales fueron excepcionalmente favorables a la reducción de la militarización de América Latina durante la última década del SXX.
En el «marco global» de finalización de la Guerra Fría, el contexto regional presentó factores propios que dinamizaron un tendencia desmilitarizadora: a) la resolución de las tensiones bélicas en las Malvinas, de los conflictos limítrofes de Chile con Argentina, Bolivia y Perú, y de Ecuador con Perú por la zona amazónica; b) asimismo, y en un lugar muy destacado, los acuerdos de paz en Centroamérica.
Al interior de las naciones lo son, tanto la pérdida de relevancia de los movimientos insurgentes en Honduras, El Salvador y Guatemala, como la democratización del Cono Sur latinoamericano.
Contrariando esta tendencia sólo se registran durante la década final del siglo veinte, la peculiar insurgencia chiapaneca y el mantenimiento de la violencia en Colombia.
La evolución de los indicadores de militarismo en la región latinoamericana, según investigaciones recientes, aporta los siguientes datos: mientras en el período 1975-1985 el crecimiento de dichos factores registra aumentos globales del gasto en defensa en un 45,3%, del personal militar movilizado en un 40% y de las importación de armamentos en un 46,4%, durante la década 1985-1995 la reducción de esos factores de militarismo se concentra principalmente en la reducción del personal movilizado y de la importación de armamentos; el gasto militar sufre, más allá del contexto, un ligero incremento.
2)
Trayectorias divergentes
Es en el análisis desagregado por subregiones, América Central y el Caribe por un lado y América del Sur por otro, donde se observa cómo, entre los factores que inciden en la militarización de nuestras sociedades, la guerra y la violencia abierta han resultado mucho más fáciles de revertir que otros.
En América del Sur, los cambios políticos mundiales, regionales y locales, se manifiestan menos como proceso de desmilitarización.
He aquí los números
En el período 1985-95 el número de efectivos en las FFAA de Centroamérica y el Caribe experimentó una reducción 10,4 a 3,5 y en América del Sur de 4,2 a 2,9 (cada 1.000 habitantes). Las importaciones de armas, sobre el total de importaciones para Centroamérica y el Caribe pasaron del 14,2% al 0,2% y para Sudamérica del 2,6% al 0,9%. El gasto militar descendió en la región centroamericana de 3,2 millones de dólares a 1,2 millones, mientras que en el sur de América aumento de 18 millones a 23.
En lo que refiere al porcentaje del PBI destinado a gastos de defensa, no existe evidencia alguna, nos dicen los investigadores, que por efecto de la finalización de los conflictos armados y la democratización, se hayan liberado en América del Sur, relativamente importantes recursos adicionales para ser asignados a otros gastos del Estado.
En América Central el porcentaje del PBI destinado a gastos militares pasó de 3,5 a 1,3, mientras que en el Sur de América la reducción fue apenas del 2,0 al 1,8.
3)
Y aquí un esbozo interpretativo
El equipo investigador sostiene que «Si la asignación de gasto público en cualquier orden de actividades es materia de política, o si se quiere, la resultante de un sistema político, observar la composición de fuerza de los actores del sistema y su grado de influencia sobre la toma de decisiones se vuelve el requisito más importante para comprender esa resultante. …. Por esta razón la hipótesis que interpreta el grado de militarización como una variable dependiente del poder e influencia relativa que tienen las FFAA en los procesos de toma de decisiones vis a vis los otros actores colectivos, es la más apropiada como marco general para la comprensión de las variantes de militarismo en la región».
Así, ejemplifican los investigadores, «la extraordinaria caída de los indicadores de militarismo en Argentina, no puede ser apenas como el resultado de la implementación de políticas de ajuste, estabilización y recorte de gasto del Estado, sino más bien como la pérdida de poder e influencia de las FFAA en el sistema político».
Del mismo modo que en Uruguay, sin ningún tipo de conflicto significativo en materia de confrontación internacional con otros países, se caracteriza «porque las FFAA detentan un tipo de poder sistémico» derivado de un entramado político altamente pluralista, negociador y de balance de poderes, y por ser las FFAA un sector tradicional altamente profesionalizado y con un poder corporativo destacado».
4)
Ese consenso
Volvamos a U. Beck, quien sostiene que «en todas las democracias conocidas hasta ahora hay dos clases de autoridad: una nace del pueblo, y la otra del enemigo. Las imágenes de enemigo son integradoras; las imágenes de enemigo fortalecen. Las imágenes de enemigo tienen una extraordinaria primacía en los conflictos: permiten estar por en
cima de todas las demás contradicciones sociales y aunarlas. Ellas representan por así decirlo, una fuente alternativa de energía para el consenso, una materia prima que escasea con la modernidad». … «Yo no sé si es viable el experimento de la modernidad, el de embarcarse en la montaña rusa de las innovaciones, sin imágenes de enemigo». … «La guerra fría hizo realidad la partición de toda una sociedad mundial sobre la base de imágenes de enemigo … «Ciertas características intrínsecas de Occidente las peculiaridades de su paisaje de partidos, de su estructura social, del derecho o de la actitud de los ciudadanos en países tan dispares– son también producto de la amenaza del Este y de su presencia en la escena política interior y exterior».
5)
No sé si la propuesta de Beck da cuenta de la globalidad del fenónemo, pero es un hecho que el debate acerca del gasto militar y del gasto en armas se mantiene (casi siempre) por fuera del dominio ético. Difícilmente se ingresa en la crítica de la lógica de la resolución violenta de los conflictos, de la legitimidad de la guerra en el derecho nacional e internacional, del paradigma de la violencia.
Excepciones hay, que confirman la regla, como el diputado argentino Miguel Angel Toma, quien en Página 12 deja constancia:
«Las Fuerzas Armadas existen porque la violencia y el conflicto están en la naturaleza del hombre y la sociedad, aunque a alguno no le guste o no lo acepte. Existen porque somos un pueblo, una nación, porque tenemos un Estado y porque necesitamos preservarlos en un mundo donde no impera el derecho y la justicia. Existen, no para agredir a nadie, sino para preservarnos de la agresión de otros». *
1 – «La democracia y sus enemigos», Ulrich Beck; Paidos, España 2000.
2 – Fuente: «El Estado de la Paz y la Evolución de las Violencias. La situación de América Latina»; (Investigación: CIIIP/UPAZ; Trilce Montevideo 2000)
3 – Idem anterior
4 – Idem anterior, págs. 89 y ss.
5 – U. Beck: Obra citada, página 162.
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