De puro amargado, nomás

MILTON ROMANI GERNER

 

He pensado mucho antes de escribir esta nota. Hay gente a la que quiero mucho, que tiene cifradas expectativas en la Comisión para la Paz. Adhieren, incluso, luego de algunas polémicas declaraciones de algunos de sus miembros. La duda: ¿uno viene a patear el nido, a estropear la fiesta? Estoy leyendo «El arte de amargarse la vida», de Paul Watzlawick, un teórico de la comunicación. Es útil. Me sometió a un examen de conciencia sobre el riesgo real de ser, precisamente, un amargado. De estar clavado en el pasado y ser un «purista». Doy vueltas en mi retorcida cabeza y confieso que a mí me interesa el presente. La verdad y los actos de justicia sobre el pasado reciente me importan desde lo que decimos, aceptamos, resignificamos aquí y ahora. Perdonar se puede, como no. Pero como dijo una vez Cata Guagnini (una señora muy culta y agradable, pelo blanco recogido en rodete, madre de un periodista desaparecido, que nos ayudo y cobijó en los años de plomo en Buenos Aires cuando hacíamos denuncias y recorríamos juzgados), afirmaba Cata: «El papa Juan Pablo II perdonó en su celda al turco Ali Agca… pero la Justicia italiana, el Estado lo condenó y cumple su sentencia». Hay una expresión simbólica de la condena de una sociedad que no tiene nada que ver con el sentimiento personal e intransferible. ¿Amargarse la vida? Se puede con una verdad a medias, con un hendija que diga pero oculte, que no nos plantee hoy, acá, en este presente los problemas que tenemos con un colectivo, ese sí, que no olvida, no perdona, se guarda secretos y no da nada, porque en el silencio está su poder, su terca y persitente voluntad de controlar la sociedad. Me refiero no sólo a militares, tambien a civiles.

¿Aclarando?

Leí que habíamos «aclarado» 15 casos de desaparecidos. Por una regla absurda que no se entiende, se anuncian «los logros» pero no se detallan, no se nominan. Luego que ni siquiera los restos habíamos podido ubicar. ¿Por qué debo aceptar esto como un logro? ¿Por qué realizar un impresionante acto político-mediático en el que se desliza banalmente que «no fueron ejecutados» (¡vaya!) y que «sólo» fueron un exceso de la tortura. Adriana Cabrera, hija del detenido desaparecido Ary Cabrera, expresaba el 5 de agosto en el Memorial de La Teja:

(…) en los últimos días supimos que en Uruguay «no habían habido ejecuciones», sino que los detenidos habían muerto como resultado de torturas tan terribles que no habían soportado más de un mes. Dicho así podría parecer que las víctimas son las responsables de no haber soportado esas sesiones interminables de sufrimiento o de que los torturadores cometieron un pequeño error y se les fue la mano. Ahora ¿asesinar a una persona con torturas es menos un asesinato? La tortura ¿no es un delito de lesa humanidad? (…) ¿Qué nos sucede? Si alguien hubiera hablado en esos términos antes del terrorismo de estado se nos hubiera puesto la carne de gallina y ahora convivimos con ese crucigrama de palabras que las separan del drama que cada una de esas palabras encierra«.

Algo no me cierra: el estado de intolerancia de algunos integrantes de la Comisión. ¿Es necesario recordarles que enarbolan la bandera de la Paz y no la de la confrontación? ¿No será que la impotencia de la impunidad genera conciencia culposa y se desvía contra los que legitimamente prueban otros caminos para obtener la verdad? ¿Porque revictimizar a Sara insinuando que ella, precisamente ella, no colaboró con los exámenes de ADN en Argentina? Sara habló y aclaró. No me voy a extender sobre esto. Me preocupa la irritación de aquellos que tendrían que ser los primeros en comprender. Están molestos… amargados. Atacan en forma poco noble a Sara. ¿Todavía no se entendió que en definitiva estamos todos ante una postración moral que nos impide gritarles a los secuestradores que digan dónde carajo está el botija? Y que eso no generaría ningún terremoto institucional…. Vamos, ¡por favor!

Watzlawick: recomendaciones para no amargarse la vida

«Seguramente nadie pondrá en duda que se puede vivir en conflicto con el medio ambiente y particularmente con el prójimo. (…) Es fácil que uno reproche falta de cariño a su consorte, que suponga malas intenciones en el jefe y que haga al tiempo atmosférico responsable de un constipado, pero, ¿llegaremos a conseguir convertirnos en nuestros propios contrarios de la lucha diaria? Las puertas de acceso a la vida desdichada llevan unas indicaciones áureas. Formularon estas indicaciones el sentido común, sin duda, el alma sana del pueblo o hasta el instinto… Pero, al fin y al cabo, el nombre que se dé a esta habilidad admirable es muy secundario. Se trata fundamentalmente de la convicción de que no hay más que una sola opinión correcta: la propia. Una vez que se ha llegado a esta convicción, muy pronto se tiene que comprobar que el mundo va de mal en peor. En este punto se distinguen los profesionales de los aficionados. Estos últimos llegan a lograr encogerse de hombros y resignarse. En cambio, el que es fiel a sí mismo (…) no está dispuesto a ningún compromiso barato. Puesto a escoger entre ser y deber, se decide sin titubeos por lo que el mundo debe ser y rechaza lo que es. (…) En el esfuerzo por permanecer fiel a sí mismo, se convierte en un espíritu de contradicción. No contradecir ya sería traicionarse. El simple hecho de que los otros le sugieran algo ya es motivo para que él lo rechace, incluso cuando, mirado objetivamente, aceptarlo sería de su propio interés. Dice un aforismo notable que la madurez es la capacidad de hacer lo que está bien, aun cuando los padres lo recomienden. Pero el genio auténtico da un paso más, y, con una consecuencia heroica, hasta rechaza lo que a él mismo le parece la mejor elección, esto es, rechaza las recomendaciones que se hace a sí mismo». *

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