De las políticas anticíclicas a la genuflexión mendicante

Las señales de debilitamiento de la demanda que sigue afectando a nuestro mercado interno, sobre el que recae la poco razonable política económica tendiente a achicar el poder de compra de la gente, contrastan con la estrategia seguida adelante por Alan Greenspan, que decidió que la Reserva Federal de Estados Unidos redujera por séptima vez sus tipos de interés en otro cuarto de punto, llegando hasta el 3,5. Con esta nueva rebaja, desde el pasado 3 de enero, en que Greenspan iniciara la más agresiva política de estímulo monetario de la década, el dinero ha descendido en alrededor de un tres por ciento, lo que es mucho en términos porcentuales: alrededor de un 40 por ciento si tomamos como valor los intereses.

Las razones que ha tenido el zar de las finanzas norteamericanas fue evitar una rápida y profunda desaceleración de la economía del país del norte, lo que derivaría en una posible recesión, camino previo a la crisis.

Es la aplicación en toda la línea de una política «anticíclica», que ya está mostrando algunos indicadores favorables, de gradual impulso de las perspectivas de recuperación, las que   según algunos analistas   siguen siendo «superiores a los riesgos de un debilitamiento adicional o asociados a un peligro de inflación»

Obviamente, esa reducción de los intereses favorece de alguna manera a nuestros países, achicando el peso de la deuda externa y, en alguna medida, la fuerza devastadora de los ajustes que se aplican con criterio conservador y ortodoxia ideológica en materia de política económica.

Sin embargo, ante la realidad que vivimos, es bueno constatar las diferencias de esas políticas; unas, destinadas a alentar el crecimiento sobre la base del poder del consumo y las otras, achicando la capacidad de compra de la gente, lo que ha introducido a nuestro país en un camino sin salida, multiplicando la marginalidad de importantes sectores de población, achicando el intercambio de bienes, con lo que se afecta en cadena a la industria, al comercio y, por ende, a las finanzas del propio Estado, ya que el déficit fiscal aumenta en la misma proporción que la pobreza impuesta.

Cuando algunos personajes charlatanes que opinan de cualquier cosa teorizan sobre la política económica, siempre multiplican su desprecio hacia los que tienen menos, sin importarles que, por ejemplo, la generalización del IVA, contribuya nuevamente a otra caída del consumo.

También sostienen –siempre en el lenguaje y el juego propio de los «intermediarios»– que hay que reducir el peso del Estado, aunque ellos durante su período de gobierno no tomaran ninguna medida favorable a los intereses del país. Podríamos hablar de los cantos de sirena que lanzaron durante el proceso de la reforma orgánica de Pluna, otra empresa que pasó al dominio privado y que, lamentablemente, se encuentra en una situación calamitosa, no muy distinta a la que vive Aerolíneas Argentinas.

Hace pocos días la recomendación de un economista estadounidense al gobierno argentino, de que no se hiciera caso a quienes proponían las actuales políticas de achicamiento del gasto por la vía de la reducción de sueldos y salarios, motivó aquí algunos comentarios de quienes se sintieron prácticamente ofendidos por esas palabras que intentaban demostrar que en EEUU para resolver una crisis, se adoptaban políticas «anticíclicas» y que, en cambio, los organismos multinacionales, propiciaban medidas ortodoxas para nuestros países.

Esa ortodoxia, no de ideas, sino de genuflexión ante los representantes del capital financiero, hace que nuestro gobierno siga en la misma, golpeando al pueblo y rematando, al mejor postor, cuanto bien del Estado esté a su mano.

Por supuesto se ha metido en un callejón sin salida que terminará –lamentablemente– en un amparo mendicante, como el logrado por Argentina.

Tendremos que ver su eficacia y duración. *

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