MURIO MARIA CONDENANZA

Qué difícil, María

ESTEBAN VALENTI

 

Qué difícil es despedirnos de María. Cómo consolarnos de que a los 52 años perdió esa batalla sin límites ni concesiones, esa batalla hasta el último instante, hasta la última fibra.

Qué solos, qué dispersos, qué desamparados nos quedamos tus amigos, tus compañeros. Los que te conocimos en el IAVA, en la Facultad de Medicina, la AEM, la UJC, cuando te llamabas Mahuer y tenías el pelo largo, y esa misma rigurosa y severa exigencia contigo y con todas las cosas, esas mismas preguntas incómodas y atrevidas y ese cariño desbordante por los que amabas.

Qué difícil es recordar en esta época de olvidos cómplice, de historias hechas a la medida y para la comodidad, que los dictadores, esos hombres miserables y cobardes, te torturaron y te robaron una porción importante de soles, de paseos, de atardeceres, de abrazos, de amores febriles y joviales. Aunque no pudieron nunca rozar siquiera tu dignidad, tu humanidad y te rodearon de esas nuevas amigas del cautiverio, que te han seguido acompañando, como una bandada libre e indomable de mujeres uruguayas. Qué difícil será pasar por enfrente de Punta Rieles, ese oprobio nacional, y que la indignación no nos ahogue.

María estuvo presa por pensar, por pelear, por defender sus ideas políticas, sus convicciones, sus compañeros, por la huelga general, por difundir prensa clandestina y prohibida, por ser enlace, por militante estudiantil, por comunista. Ni los esbirros pudieron acusarla de una sola violencia. Y María escribió páginas profundas de testimonio y de análisis de esa experiencia límite, porque María vivió y murió en la frontera.

No logramos consolarnos, ni siquiera cuando recordamos tu generosidad a la salida de la dictadura, tu capacidad de comprender y acercarte a todas las experiencias y a todos los sufrimientos. Cuando retomaste con la misma pasión tu militancia, tu compromiso desde el día de tu libertad y junto a Fernando reconstruyeron sus vidas. Y esas grandes palabras –sobre las que tantos y desde tan diferentes posiciones han paleado toneladas de detritus para intentar sepultarlas–, asumieron en ti un significado simple, cotidiano, que llevabas todos los días en esos ojos oscuros y profundos.

Ese compromiso contra las injusticias, en cualquier lado, sin claudicaciones, sin esquemas. Como dirigente política, miembro del Comité Central del PCU, como dirigente sindical de los judiciales, o como simple empleada de un juzgado de menores. Trabajabas en la frontera de esta sociedad, todos los días.

Trabajabas en un juzgado de menores, allí donde la marginación, el delito, el sufrimiento rozan el borde de esta sociedad tantas veces hipócrita. Y María nunca se equivocó, nunca optó por justificar en la pobreza, en la miseria de su sueldo, un repliegue burocrático. Siempre fue un testimonio lúcido, y sobre todo lleno de humanismo con esas pobres criaturas de la desesperación, con esa parte de los uruguayos sin futuro y sin esperanzas, pero con rostros concretos y diarios. Esos niños-adolescentes que encarcelamos, perseguimos u ocultamos después de haberles cerrado todos los caminos. María nunca se equivocó, y allí está el testimonio de dos números completos de Bitácora sobre este tema y su propio artículo. Tan lejos de las condenas fáciles de los «bienpensantes» y tan impregnada de esa humanidad desbordante y comprometida que tanta falta le hace a nuestra sociedad.

Dicen que la amistad es poder compartir los pensamientos en voz alta. Esa lluviosa y triste tarde de agosto en que la despedimos, había tanta gente inconsolable, tantos de sus amigos que sin duda compartieron los más hondos sentimientos y pensamientos en voz alta y que encontraron en María el auténtico y profundo sentido de la amistad. Transmitía esa sensación de que se le podía confiar lo más profundo y difícil y siempre estaría bien protegido. En todos estos años sus amigos y sus compañeros, nunca le conocimos la espalda.

Cuánto más difíciles serán ahora nuestras vidas sin su presencia en esa vieja casa de la calle Salto, donde María y Fernando nos abrigaron con su cálido abrazo y donde nos cobijamos de tantas intemperies, de tantas amarguras e injusticias. Y sobre todo, seguimos soñando, seguimos buscando, animados muchas veces por el rigor exigente de María. Mitigando nuestras derrotas con esa ironía irreverente que le ha quitado solemnidad y agregado humildad a nuestra existencia.

Qué difícil es aceptar la derrota para alguien que nunca la aceptó, que se pasó los últimos cinco años peleando palmo a palmo contra su enfermedad. Aferrada a la vida sin grandilocuencia, en sus detalles, descubriéndolos con ese amor desbordante por su hija, Lucía, por Fernando, por sus hermanas, por sus hijos políticos, por sus amigos y compañeros. Por las buenas comidas y los buenos vinos compartidos, por esos pocos viajes que le inundaron los ojos de bellezas y de placer. Fue una pelea de frontera, entre la crueldad de esa enfermedad que se encuentra en el límite entre la organización de la vida y la muerte y la voluntad de aquel ser frágil e indomable.

Comenzó a estudiar la Licenciatura de Literatura hace muy poco tiempo, con el mismo entusiasmo de sus años de medicina. Y hace sólo algunos días estaba preocupada por la pérdida de clases, hacía planes, compartía proyectos y nos daba ánimo cuando todos sentimos y sabíamos del cruel y cercano desenlace.

En estos tiempos de desesperanza, de malas noticias, de desánimo general, yo debo confesar que cada vez que se me caen los brazos y el alma, pienso en María, que en la frontera de la vida, en la más difícil de las peleas le dio a las cosas su verdadero valor y significado. *

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