El curro
CARLOS BOUZAS
Hace unos meses fuimos sorprendidos por un político colorado, ex director de la Oficina del Servicio Civil y actual senador, que –pretendiendo justificar los excesos de nepotismo de un presidente del Banco Hipotecario correligionario suyo– nos confirmaba la sospecha que muchos teníamos, referida a que cuando uno ocupa un cargo en el gobierno, atiende, naturalmente, un pedido de empleo para la hija de un ministro amigo, a cambio de que él, a su vez, se muestra solícito a los requerimientos de trabajo de un cuñado del primero, produciéndose un cruzamiento realmente novedoso entre los apellidos que pueblan las secretarías de los Ministerios, Directorios y no tanto.
Hace solamente quince días, el señor ministro de Transporte nos volvió a sorprender, cuando afirmó que –de esos préstamos que se reciben desde el exterior para atender necesidades sociales nacionales urgentes– el veinte por ciento se destina a la loable finalidad para la que fue aceptado el endeudamiento, mientras que, del restante ochenta por ciento, lo que no se va en lágrimas, se va en suspiros.
Y la semana pasada nos enteramos de que el capo prófugo de la banda de contrabandistas desbaratada en Rivera es funcionario de la Dirección Nacional de Aduanas, aunque no va a trabajar, porque está, o estuvo (no lo han aclarado bien) en comisión en la secretaría de un diputado colorado, que lo tomó para «hacerle una pierna» (sic), atender una «gauchada política» (otrosí sic) a un ex diputado que actualmente ejerce como presidente del Banco Hipotecario desde que renunció el que justificaba el senador del primer párrafo.
Este último jerarca, intentó, luego, en una carta enviada a todos los medios de prensa escrita, corregir sus primeras declaraciones, aunque, según mi modesto entender, le salió peor la enmienda que el soneto.
He tratado de escribir lo anterior de la manera más amena posible, aunque tengo un profundo sentimiento de asco. Porque estos señores, protagonistas de los casos que salen a luz (¿cuántos más hay?) actúan, se comportan, deciden y pretenden tener razón, como si el Estado fuese una cosa propia, un bien de familia heredado o qué sé yo, del que pueden disponer a su antojo, resaltando lo bondadosos que son cuando permiten que el resto de la plebe acceda a algún beneficio recortado.
Estos señores son los que pontifican acerca de la necesidad de reformar, recortar, achicar el Estado para disminuir «el costo país». Nadie nos ha dicho todavía cuánto pesan en el presupuesto nacional «las piernas» y «las gauchadas». Cuánto pesa el ochenta por ciento de los préstamos del BID o del Banco Mundial, con sus consiguientes intereses, en la cuota de deuda externa que debemos pagar mes a mes.
Por eso, cuando leo u oigo que alguno de estos señores despotrica contra la inamovilidad de los funcionarios públicos, diciendo que están muy cómodos en sus sillas, contraponiéndolos con los que andan buscando trabajo, me inclino a pensar que, en realidad, quieren terminar con el sistema de atender correligionarios a cambio de empleos públicos, porque han comprobado que la fidelidad del «recomendado» no es eterna, sino que, por el contrario, se vuelve opositor a poco de ponerse a protestar por la miseria que le pagan.
Por eso están sustituyendo el clásico funcionario por el contratado de obra o de servicios o el pasante, dado que, al no estar amparado por la inamovilidad, continúa siendo dependiente del que le hizo «la gauchada». Y no importa si el sistema sale más caro para el Estado, sino salvaguardar el curro. *
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