¿Hasta cuándo seguirán teniendo poder "los lavadores" y sus socios?

Como es sabido, la ideología prevaleciente en una sociedad es la ideología de la clase dominante.

Un ejemplo de ello es el intento de popularizar el desparpajo de los acusados de delitos de cuello blanco.

Cuando, a través de los medios de comunicación masivos, los jerarcas de empresas financieras investigadas por operaciones ilícitas muestran ese desparpajo, lo expanden y lo propalan, lo hacen con la inconfesable aspiración que todo el pueblo lo reciba con idéntico talante. Con la misma «naturalidad» que aparentan los que se benefician de los privilegios denunciados.

Esa capacidad de transformar en «sentido común» el pensamiento de los sectores dominantes es la clave que explica la hegemonía ideológica a que hacíamos referencia al principio.

Dominio ideológico que hace que la gente acepte de buen grado los desbordes del privilegio, que se consideren que estos «son normales».

El desparpajo como respuesta de un sector dominante en crisis puede asumir formas explícitas, como cuando se banalizan las acusaciones.

O por la negación, el ocultamiento, el «dar por no sucedido» un episodio que demuestra las acciones delictivas de tal o cual sector de las capas privilegiadas.

Esta última es la actitud asumida por el matutino El País, que mientras los canales argentinos no cesaban de nombrar a las empresas uruguayas vinculadas a operaciones de blanqueo, se negó a informar y sólo dijo algo sobre la investigación cuando la Dra. Elisa Carrió renunció a la presidencia de la Comisión Investigadora.

El esfuerzo de los grupos concernidos tiene, en el fondo, algo de patético.

¿Hasta cuándo se piensa que van a seguir manteniendo la actual situación?

¿Hasta cuándo ocultar lo que ya mucha gente influyente sabe?

Resulta patético el «pacto de silencio» que, también en este terreno, se quiere sustanciar.

Obviamente aquí no se trata de denuncias humanitarias o de naturaleza social: en este episodio de investigación de ilícitos graves, hay un capítulo central que se inicia en una subcomisión investigadora del Senado de los Estados Unidos, presida por el demócrata Carl Levin.

Y aunque aquel país ha sido amigo de los que mandan durante mucho tiempo, en esto del lavado, están en otra tesitura. Por las razones que sea, quieren poner obstáculos a los lavadores de dinero proveniente del tráfico de drogas y de armas, que es a estas delicadas minucias que se dedican las empresas uruguayas denunciadas en Argentina.

Esfuerzo patético, pero que no produce ninguna ternura.

Los socios uruguayos de Moneta y Aldo Ducler, los soportes nativos de la gran red de blanqueo de dinero mal habido han demostrado tener en nuestro país capacidad para muchas cosas.

Pueden comprar bienes variados con recursos que provienen de coimas, estafas al fisco o venta ilegal de armas.

Pueden silenciar diarios y acallar protestas. Quizá puedan seguir dilatando los plazos para que la verdad se conozca. Y que los jueces actúen. Todo eso pueden hacerlo y que durante un tiempo, para mucha gente que no sabe muy bien de qué se trata, su enriquecimiento parezca algo «natural». Eso pueden. Lo que no pueden es estar al frente de un país.

Lo que no pueden es pretender dirigir los destinos de una nación que atraviesa un momento crítico de su historia.

Los sectores hoy hegemónicos son completamente incapaces de impulsar y hacer creíble un proyecto de país renovador, afirmativo, que alcance auténticas soluciones nacionales.

Sería muy bueno para la democracia uruguaya que las verdades que ocultan los «lavadores» fueran investigadas y todo el país las conociera.

También sería bueno que los magistrados uruguayos aplicaran todo el peso de la ley en aquellos casos que se comprueben los delitos denunciados.

Con todo, lo más importante es seguir trabajando para desplazarlos de la posición hegemónica que detentan. Y acabar con sus privilegios y su arrogancia. *

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