Los que se cosen la boca

Tengo un amigo que es comedor compulsivo. Y ante la imperiosa necesidad de adelgazar, el médico tratante le aconsejó que se cosiera la boca y se alimentara sorbiendo por una pajilla. El método es muy duro, estresante y sacrificado. Pero, por causa de su absoluta falta de voluntad para moderarse en la comida, debió practicarlo para salvar la vida.

Se me ocurrió comentar con usted esta circunstancia vivida por mi amigo, a raíz del nuevo plan de ajuste económico que están sufriendo nuestros vecinos argentinos. Fíjese.

El portador de la nueva receta es el mismo ministro de economía que, hace diez años, implementó el plan de convertibilidad del peso argentino con el dólar, uno a uno.

En aquella oportunidad, para hacer frente a la compulsión desesperada de los sucesivos gobiernos, de hacer funcionar la máquina de imprimir billetes para tapar los déficits presupuestales, obligándolos a vivir en una inflación galopante, tomaron la decisión de renunciar a las facultades de regular ellos la cantidad de dinero que circulaba en el país, traspasándola a la reserva federal de los Estados Unidos de América. Autolimitaron la capacidad del gobierno argentino para determinar la cantidad de dinero circulante dentro de sus fronteras.

Pero como el déficit seguía tan campante decidieron vender todo lo que tenían y endeudarse al mango, para sustituir el dinero que no podían emitir.

Hasta que ese expediente también llegó a su límite. Hoy no queda nada para vender y no pueden pedir prestado.

Llegados a esta nueva y crítica situación deciden que el Estado no pagará más que lo que recaude mes a mes. Con la consecuencia, ya conocida, de rebajar brutalmente los sueldos de los trabajadores del Estado, las jubilaciones y las pensiones, y estrangulando la inversión pública.

Yo creo que lo de Argentina es un caso como el de mi amigo. Ya que no pueden, no saben o no quieren encontrar los caminos para conseguir los objetivos que dicen perseguir resignan la capacidad de decidir, pasando a depender de circunstancias ajenas a ellos mismos.

Mi amigo está resolviendo su adicción con un buen soporte psicológico. Pero no creo que Argentina pueda resolver el drama que está viviendo de la misma manera.

Si los mismos gobernantes que hicieron renuncia de un instrumento de gobierno hace diez años, no fueron capaces de gobernar para remediar sus adicciones, al extremo de dar una vuelta de tuerca aun mayor hace tan sólo un mes, es perfectamente posible pensar que –dentro de poco tiempo– deberán inventar otra medida restrictiva, enancada en otro neologismo y continuar así hasta que el cuerpo aguante, como decía Sandrini.

Y yo ¿qué quiere que le diga?, pienso que la raíz del problema está en los gobernantes y la doctrina que los guía para gobernar.

¡Y se parecen tanto a los de aquí! *

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