Los dogmas del neoliberalismo en el banquillo

Cual si se tratara de una moda importada del Primer Mundo –de esas que se imponían en nuestro país con un cierto retraso y que mantenían su prestigio intacto aun después de que fueran dejadas de lado en el país donde se habían originado– el libremercadismo, neoliberalismo o como quiera llamársele al modelo de globalización del capitalismo salvaje conserva sus fans incondicionales por estos lares. Eso, a pesar de los desastrosos resultados y de las voces que empiezan a hacerse oír rectificando dogmas hasta hace poco tiempo intocables.

A nuestros neoliberales vernáculos no se les ocurre vincular el caos dramático que vive la Argentina con los diez años de menemismo que desarticularon la economía y las finanzas de ese gran país. La tragedia social que padecen nuestros hermanos es atribuida frívolamente a esa entelequia recurrente de los «factores externos», eternos culpables de todos nuestros males. Tampoco quieren asociar, estos popes criollos del libre mercado, el crecimiento del desempleo y la fractura social con la política sistemática de desmantelamiento del aparato productivo que ellos impulsaron y siguen defendiendo a capa y espada.

Pero independientemente de estos fracasos rotundos y de sus tremendas consecuencias sociales, no parecen advertir la brutal contradicción visible entre lo que prescriben las recetas que los países subdesarrollados deben aplicar y las medidas que toman las naciones ricas del Norte desarrollado en un claro «haz lo que digo mas no lo que hago»; por ejemplo, aceptan alegremente que nos proscriban toda subvención para proteger la producción nacional, mientras las grandes potencias subvencionan rigurosamente sus productos. El proteccionismo estatal es una mala palabra en el sistema lingüístico neoliberal. Pero sólo para el Sur empobrecido: en el Norte poderoso no vacilan en aplicarlo.

En nuestro editorial del pasado viernes 3 se comentan los conceptos vertidos por el economista Paul Krugman en The New York Times. Tales conceptos resultan una suerte de confesión de lo que afirmamos: «Los norteamericanos recetan planes que no osarían aplicar en los Estados Unidos», sostiene Krugman; así de sencillo y claro. Recuerda el economista que en los momentos de recesión económica, el Estado debe gastar más; exactamente lo opuesto a la consigna del equipo económico liderado por Bensión, cuya única propuesta es reducir el Estado y achicar su gasto. Ocurre que en EEUU no olvidan que Franklin Delano Roosevelt conjuró la crisis de los treinta practicando una política fuertemente intervencionista.

¿Por qué entonces ese empecinamiento desde las páginas de Búsqueda y de El Observador –y desde el Ministerio de Economía– en achicar el Estado hasta prescindir de él, en desregular la actividad económica para dejarla librada a los caprichos del mercado que no son sino los intereses de los poderosos de la Tierra?

En el mismo sentido resultan altamente sorprendentes las afirmaciones del contador Enrique Iglesias, presidente del BID, que nuestro colaborador Jorge Bruni destaca en su última columna. El distinguido economista compatriota sostuvo en el Parlamento que es preciso tener un Estado fuerte, «es decir que tenga un poder regulador del mercado para que funcione adecuadamente».

La propuesta no proviene precisamente de un marxista y, por lo mismo, debería ser atentamente escuchada por los fundamentalistas que siguen aferrados a sus figurines ya obsoletos. *

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