Sobre valores e ideologías

Escribe Carlos Santiago

El tema del periodismo y la libertad de prensa motivó una nota de Marcelo Pereira en el semanario «Brecha», en la que realiza un sobrevuelo sobre anécdotas que se han producido en el ejercicio de la profesión, sin advertir –lamentablemente– que quienes escribimos para cualquier medio de prensa estamos indisolublemente atados a quienes detentan la propiedad de los mismos.

Ello es lo que determina el más allá y el más acá de las posibilidades de informar y también el «terror» que tienen muchos periodistas jóvenes (o no tanto) de no atreverse a ir más lejos del pensamiento globalizador de un medio. ¿Eso es autocensura? Por supuesto que sí, pero que me diga Pereira, en qué medio del mundo o de nuestro país ello no ocurre. Pereira deja entrever, al término del análisis, una serie de situaciones ideales en que se debiera desarrollar nuestra profesión y plantea, en el transcurso de su interesante trabajo, algunas deficiencias profesionales que nada tienen que ver con el tema que lo ocupa. Además informa de la existencia de una comisión de libertad de prensa, especialmente creada en el ámbito de APU, para defender el derecho de todo comunicador a ejercer la profesión en un marco de «respeto, dignidad y objetividad». Esa comisión mejor se debería llamar de «defensa del trabajo», pues cuando se vulneran esos tres elementos en una empresa y el trabajador resiste, seguramente el paso siguiente es ser despedido. ¿Es necesario para Pereira o para los integrantes de esa comisión de APU dar ejemplos sobre el punto?

Bien sabemos los periodistas que en algunos medios, en especial los canales de televisión, hay que hacer «muy buena letra» para no integrarse al grupo de los desempleados, y también en algunas radios, donde ello es singularmente audible.

También, «chocolate por la noticia», se sabe que los medios están atados, casi desesperadamente, a las pautas oficiales de publicidad y por ello deben, jugándose muchas veces su existencia, muchas veces acallar críticas, esconder denuncias o reducir, a niveles casi inexistentes, la publicación de hechos que afecten la «buena voluntad» de los que deciden las mismas. ¡Es otro dato de la realidad! Y a ello esos mismos medios amoldan el trabajo de sus periodistas.

Poca incidencia tienen en esa situación los periodistas que son los que producen los insumos informativos. Máxime cuando aquí todos nos conocemos y se evidencian a cada paso las limitaciones las restricciones a las libertades de prensa, tanto en lo práctico como en lo teórico. Por supuesto que los directores de prensa (el de Sepredi no es el único ejemplo) ocupan buena parte de su tiempo en realizar tiros indirectos y otros no tanto. Acusan al periodista que grabador en mano realiza una nota, cuando lo que están haciendo es presionar a la empresa para que no publique una información. Por supuesto, para los empresarios está claro que cuando se produce un conflicto con el poder, el fusible que salta es el periodista que se recambia rápidamente recurriéndose a un grupo humano que –como pasa en todo el Uruguay– está dispuesto a ocupar de inmediato el puesto que queda libre.

El que esto escribe debe reconocer que fue protagonista de un hecho distinto y reconfortante. Cuando se produjo un enfrentamiento con el director de Sepredi, no sólo fue amparado por las autoridades de LA REPUBLICA, sino que la otra parte debió responder la denuncia realizada por el propio diario publicada en un recuadro de la primera página.

Coincidimos con Pereira en que muchos docentes de periodismo y muchos periodistas visualizan como «ideal» para cumplir con todos los extremos de la profesión, el medio en que ellos, justamente, trabajan. ¿Son necesarios ejemplos de que ello es así? La respuesta es fácil, pues es evidente que quien coincide ideológicamente con el medio en donde trabaja, se sentirá más cómodo. ¿Qué profesor de periodismo ha escrito una columna contrariando el pensamiento de su medio sobre un tema de fondo?

¿Qué voz surgió de algún semanario que se autotitula como «serio y objetivo»–donde debe existir más de un periodista simpatizante de Tabaré Vázquez– para denunciar la campaña de desinformación que se lanzó en el mes previo al balotaje? ¿O no recordamos ya cuál fue la situación de los noticieros de la televisión abierta, en que los minutos asignados a unos y otros tuvieron un claro contenido político? ¿Es que ningún periodista supo de los acuerdos entre esos empresarios y el poder político para perfilar una campaña como la que asoló a la democracia uruguaya? ¿O es que supo y no lo pudo denunciar por carecer de páginas o pantalla porque ello, en un país en que existe más de un 11 por ciento de desocupación, podría determinar un futuro nada venturoso?

Hay otro punto en la nota de Pereira que no podemos dejar pasar.

Tiene relación con algunos «malos ejemplos» que cita, al pasar, y que muestra ese liviano sobrevuelo que realiza sobre la situación que viven los trabajadores de los medios del Uruguay. Menciona entre otros casos a los periodistas que trabajan «como fuentes o para fuentes, en secretarias de prensa, o pasan en comisión al despacho de un político y allí producen para un medio de comunicación; y los que son a la vez cronistas judiciales y abogados en actividad, o periodistas deportivos y empleados de contratistas, o artistas y críticos».

Según lo que se lee en la nota de Pereira, los periodistas no podemos sufrir el sacrificio del multiempleo que vive la mayoría de los uruguayos que tienen la suerte de trabajar. Si un periodista por la mañana cumple una tarea como secretario de prensa de algún político, por la tarde no podría escribir con objetividad sobre lo que ocurre en el Parlamento o en el Edificio Libertad. ¿De donde sacó Pereira que ello no es ético? ¿O es que los periodistas no tenemos que mejorar nuestros ingresos para poder satisfacer las necesidades de nuestras familias? Quizás para Pereira o sus informantes sí sería ético que un hombre de prensa, luego de su jornada, trabajara de sereno, profesor de periodismo, o mozo. Pero, de ninguna manera, en lo que su profesión lo habilita y donde logrará una mayor eficiencia, que son las tareas vinculadas al periodismo mismo.

En definitiva, todo un embrollo. Lo que está sobrevolando en la nota de Pereira no son otra cosa que los valores que se enseñan en las escuelas de periodismo de los EEUU, donde todos los mecanismos de la profesión están amparados por un basamento legal-constitucional que no existe en el Uruguay. Por supuesto que este tema está en la cabeza de los periodistas jóvenes ya que en las distintas escuelas de la profesión, por evidente imitación, los docentes trasmiten esos valores que poco tienen que ver con nuestra realidad.

Es así, para la desgracia de una noble profesión.

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