La violencia en Génova y la prensa obsecuente
NIKO SCHVARZ
Las manifestaciones de Génova en ocasión del cónclave del G7+1 (20 al 22 de julio) y los actos violentos producidos en su entorno –ya veremos a cargo de quiénes– promovieron en nuestro medio un debate sobre la violencia, al cual El Observador y El País dedicaron recientemente varias páginas, y que se trasladó también a los muros.
Ante todo, es preciso delimitar los campos (aunque en forma deliberada se procura mezclarlos, tanto en el campo de acción como en el de la polémica). De un lado, 300 mil personas venidas de Italia y del mundo manifestaron en la más gigantesca y polifacética demostración hasta ahora conocida, que prolonga, en un nivel superior, las originadas a partir de Seattle (noviembre-diciembre de 1999) en distintas ciudades de varios continentes (Washington, Bangkok, Praga, Niza, Davos, Québec, Gotemburgo). Del otro lado, un grupo de algunos cientos, que perpetró desmanes y acciones violentas en profusión (con impunidad total y en connivencia con la policía, digámoslo desde ya), en actitudes irracionales y destructivas tendientes a desvirtuar el carácter pacífico de las demostraciones y su carácter propositivo, enfrentado a lo que cocinaba el cónclave tras el muro de cemento en la zona roja.
En segundo lugar, se destaca la bestialidad represiva de los cuerpos policiales y de seguridad. Montaron un dispositivo para la guerra y lo pusieron en marcha de manera desaforada. Esto ha quedado palmariamente demostrado, y el gobierno de Berlusconi afronta las responsabilidades políticas consiguientes. Los hechos más notorios son: 1) el asesinato a mansalba del joven Carlo Giuliani (que de paso sea dicho nada tiene que ver con grupos rotulados de anarquistas en sentido lato, como quienes han querido subirse al carro cambiando el título de una pieza de Darío Fó, cuyas jugosas opiniones sobre el tema daremos a conocer); 2) el atentado fascista del 21 de julio, verdadera noche de los cuchillos largos, en la sede del Foro Social de Génova, donde irrumpieron las manadas policiales al grito de «Viva el Duce», y no se olvide que Berlusconi tiene ministros fascistas, de la Alianza Nacional. Un informe oficial señala claramente la violencia policial y puntualiza que «el comportamiento de algunos agentes fue tan violento que varios policías debieron ser apartados por haber golpeado a jóvenes que dormían en el centro»; 3) las cargas feroces contra los manifestantes, en contraste con el hecho de que no le tocaron un pelo a los grupos de negro, los del Black Block.
Y llegamos a éstos. ¿Quiénes son? Grupos infiltrados por la policía y los servicios, y que actuaban de consuno con ellos. Sobre este punto hay multitud de testimonios, no contradichos, publicados en prensa italiana e internacional. Se demostró que los integrantes del Black Block daban órdenes a los policías, que varios de ellos salían de los cuarteles con uniforme negro y barras de hierro, y que circulaban en las camionetas y jeeps policiales. Se definió incluso su modus operandi; los grupos de negro penetraban a prepotencia en medio de la gran masa, la partían al medio, provocaban a la policía, ésta descargaba su furia contra los manifestantes mientras los de negro se retiraban tranquilamente. Daniel Herrera Lussich habla en una nota desde Europa publicada en El País de «los violentos, actualmente infiltrados en las grandes concentraciones pacíficas de protestas». Otra nota del mismo diario señala que «si bien la gran mayoría de los militantes manifiestan en forma pacífica, una minoría radical –entre ellos anarquistas como los del ‘Bloque Negro’– recurren a la violencia». Otro artículo de Hermann Tertsch transcrito de El País de Madrid dice que «todos sabían que un grupo de violentos iba a cobrar el protagonismo». Es un hecho comprobado que ninguno de ellos fue atacado. Y que entre los cientos de heridos y el medio millar de detenidos, ninguno pertenece al Black Block. Entre bueyes no hay cornadas.
Por añadidura, la policía se concentró en proteger la zona roja y les dejó libre todo el resto de la ciudad para sus depredaciones. Luego Berlusconi contabiliza las destrucciones y las pone en la cuenta del movimiento antineoliberal, tan multitudinario como pacífico.
En esto consiste la gran maniobra de mistificación ideológica y mediática, que el primer ministro despliega en los medios televisivos de su propiedad. Con el agregado de que así saca de la troya las propuestas del movimiento antineoliberal, expuestas en sus pancartas y analizadas en las jornadas académicas en la Universidad, que abordan en profundidad los grandes temas de la humanidad: la deuda externa, la ecología, la paz.
Pues bien: en la misma tesitura se colocaron algunos participantes en la serie de reportajes aludidos al comienzo, en particular la contadora Rosario Medero. La directora del Banco Central agita una y otra vez el tema de la violencia, procurando pegar esa etiqueta en la frente del movimiento (que es antineoliberal y no antiglobalizador, lo que sería análogo a un movimiento contra las leyes de Kepler). Incluso en El País se reconoce que a los distintos agrupamientos confluyentes «los une el rechazo al modelo neoliberal» y «exigen una sociedad más justa, el control del poder ilimitado de las trasnacionales, la democratización de las instituciones económicas mundiales y la distribución más equitativa de la riqueza».
La confrontación de ese punto de vista por parte de la representante del grupo Attac, Adriana Vayra, constituye la médula del debate. Esta insiste en el carácter pacífico y constructivo del movimiento en su conjunto, en el cual se inserta Attac con su propuesta de un impuesto, denominado tasa Tobin, a las transacciones financieras especulativas, tema que va adquiriendo carta de ciudadanía mundial a partir de una iniciativa de Le Monde Diplomatique. Destaca en ese contexto el carácter democrático del movimiento («es muy enriquecedor, es una verdadera práctica de la democracia») y los nuevos sectores sociales que se han ido incorporando al colectivo plural.
Cuando R. Medero afirma que el movimiento está contra el comercio y en favor de una civilización tipo esquimal, y adereza la violencia con la guerrilla, recibe la siguiente réplica: «Es lamentable que eso sea lo que siempre se recoge. Basta algún centenar de gente violenta y se habla sólo de ellos, no de los otros 300 mil».
En la mesa redonda de El Observador el ingeniero Juan Grompone señaló la responsabilidad personal de Berlusconi, expresando: «Si él hubiera querido hacer una reunión pacífica de ese club cerrado que se reúne para dirigir el mundo, ¿por qué no lo hizo en la isla de Elba y nada de eso hubiera pasado? Quiso hacer un gran show, puso a Italia en el centro de las cadenas de TV del mundo. Fue en buena medida responsable».
El próximo G8 se reunirá en Qatar, un emirato situado en una región desértica y donde no existe ningún partido político. Ahora sabemos además, gracias a El País, que allí las manifestaciones están prohibidas por ley. Siempre se aprende algo. *
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