La necesidad de un debate ideológico

En nuestro editorial del viernes pasado se comentaban las primeras propuestas y medidas anunciadas por el nuevo equipo económico, así como la respuesta proveniente desde filas de la oposición progresista.

Sosteníamos que se trataba del inicio de un saludable debate democrático que debe reinstalarse en el país, con solvencia y con altura. En modo alguno la propuesta es volver a los enfrentamientos descalificatorios que a nada conducen, enfrentamientos que cierta opinión interesada suele confundir con el imprescindible intercambio de ideas, de argumentos racionales, esenciales en la vida democrática de una nación. A condición, claro está, de que el propósito perseguido no sea el de vencer sino el de convencer, como nos enseñaba Unamuno, y que nadie confunda diálogo con monólogo: cuando se dialoga es menester escuchar al otro.

Decimos esto porque una visión simplista del quehacer político rechaza los debates y el diálogo por considerar que no es sino una forma de «perder el tiempo», sin advertir que la esencia de la democracia radica en el intercambio de ideas y en la capacidad de mudar de postura merced a la reflexión. Esa visión simplista y profundamente equivocada conduce al desprecio por las instituciones democráticas, y quienes así piensan son nostálgicos del autoritarismo que proscribe las discusiones y el disenso.

Y es precisamente la ausencia de un debate ideológico, fermental y enriquecedor, lo que está conduciendo al mundo a la globalización de los peores valores: la resignación, el «fin de la historia», una posmodernidad escéptica, el individualismo y la insolidaridad. Estamos en presencia de una civilización agotada, incapaz de ofrecer respuestas estimulantes  o al menos convincentes  a las próximas generaciones.

La notoria prevalencia de la economía sobre el resto de las actividades humanas (algo que ya habíamos señalado desde estas páginas) quedó confirmada el miércoles pasado, cuando el equipo económico expuso sus planes. La propuesta del ministro Bensión no hace sino reafirmar los dogmas de este capitalismo finisecular que todo lo controla y lo somete a su arbitrio, al postergar las famosas medidas de carácter social y supeditarlas al éxito de las metas económicas. El humanismo ha sido relegado a un nivel muy inferior al que ocupan los asuntos financieros, y las metas económicas han pasado a convertirse en el fin último de la gestión gubernativa. Tonto sería negar la primordial importancia de los factores económicos en el desarrollo humano (algo de eso había advertido ya Marx a mediados del siglo pasado), pero de ahí a convertir a la economía en una emperatriz totalitaria, hay un abismo, puesto que los filósofos materialistas jamás perdieron de vista que el verdadero objetivo no es otro que el bienestar integral del ser humano, y no sólo su bienestar material.

Si miramos un poco hacia atrás, vemos que durante los tres últimos decenios del siglo, y especialmente luego del derrumbe del «socialismo real», hemos asistido a un retroceso o a un eclipsamiento del pensamiento humanista que permitió el entronizamiento de una filosofía ligera y superficial. Ella se ha convertido en el sustento ideológico y doctrinario de esta mentalidad posmoderna que nada cuestiona y que se globaliza alegremente.

Por eso creemos que es saludable el debate instalado a propósito de la exposición del ministro Bensión.

Es una forma de evitar que la izquierda abandone sus banderas humanistas en aras de un supuesto «aggiornamento», algo reclamado desde la derecha, muy interesada en que la ética ceda el paso al realismo político.

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