Etica y economía
RUBEN MARTINEZ HUELMO
Algunos agentes políticos de nuestra plaza intentan por diversos medios sostener, en el plano de la discusión pública, la vigencia de la dicotomía mundial de los tiempos de la guerra fría. Obviamente, se trata de una ficción alejada de la realidad nacional y mundial. En una especie de anclaje en el pasado, con aquel cristal se intenta observar, analizar y sacar conclusiones para nuestro presente y usarlo para confundir a gente desprevenida.
Ello es revivir la visión esquemática de aquellos planisferios que publicaba El País durante la dictadura para justificar la doctrina de la seguridad nacional, en los que la mitad del mundo era ‘comunista’ y la otra mitad, el mundo presuntamente ‘libre’. Aquel mapa político no tiene retorno: la desaparición de la Unión Soviética así lo certifica, y de aquellos países de régimen comunista y economía centralizada, quedan sólo tres: Cuba, Corea del Norte y China.
A este último, la diplomacia uruguaya nada tiene que sancionarle en los foros internacionales. Nuestro presidente que canta la justa no le hizo cuestión alguna al presidente de la República Popular China en oportunidad de su visita a Uruguay en el rubro derechos humanos. En cuanto a Cuba, todos sabemos que si la isla tuviera la capacidad comercial del país asiático, en Ginebra el espíritu fenicio de la diplomacia orientada por el presidente de la República no hubiera encontrado mérito para sanción alguna.
Con estas conocidas excepciones, la ideología marxista a nuestro entender se presenta en el munco actual como expresión filosófica o fundamento de adhesión a diversas corrientes políticas en la vida democrática de infinidad de países. Mal podemos prolongar aquella división del mundo en dos campos cuando es evidente que uno de ellos dejó de existir como expresión de poder político y como sinónimo de lo que se da en llamar economía centralizada. Si ello sigue sosteniéndose es pura y exclusivamente por una aviesa intención. Esa gimnasia virtual es una cortina de humo para evitar el juicio unánime de la opinión pública sobre el único actor que hoy campea en el escenario de la economía mundial.
El doctor Batlle ha manifestado que el liberalismo económico es una consecuencia lógica del sistema de libertades que otorga la democracia. Al respecto dice: «Yo no soy neoliberal porque neo es nuevo, y yo soy liberal viejo. Yo creo en la libertad y no creo que las libertades económicas funcionen cuando no funcionan las libertades políticas«.
Sin embargo, esa enunciación que tanto abunda en los monólogos televisivos del doctor Batlle ha sido desmentida por la historia reciente, y para muestra basta un botón. Las dictaduras de los setenta sirvieron para que el fundamentalismo de la teoría liberal económica se explayara cómodamente como sistema de la doctrina de la seguridad nacional. En aquel clima policíaco en que criticar el aperturismo comercial podía llevar a la cárcel, se desarrolló esa versión del liberalismo económico que en la época se llamó ‘monetarismo’. ¿Alguien recuerda alguna dictadura de aquellas bancadas por el Departamento de Estado que impusiera economías centralizadas? Por otra parte es conocido que importantes nombres que en ese tiempo oscurantista operaron en la titularidad del Ministerio correspondiente estuvieron vinculados al grupo político del actual Presidente. No es verdad entonces que si no funcionan las libertades, la doctrina económica liberal deje de hacerlo. Y si es cierto que la economía centralizada es historia, no es menos cierto que la doctrina liberal es la que hoy está en tela de juicio, y bajo ningún concepto la libertad política, el sistema institucional, los derechos, la democracia, etcétera. Hay que separar la paja del trigo. ¡Cuidado! Es la doctrina del Presidente de la República, cuya aplicación ortodoxa viene dejando un tendal funesto. Su presencia, su accionar, su radicalismo, su inexorabilidad aparente, asustan incluso a algunos de sus mentores. Al punto que desmintiendo que estemos ante un fenómeno inmutable y que por tanto estemos viviendo el ‘fin de la historia’, se plantean alternativas que buscan relativizar esa imagen inexorable que contiene el ‘discurso único’ que posee la globalización liberal.
Nada se puede hacer; ¿matices, propuestas alternativas? Menos que menos. Así vamos. Quizás sea la razón por la cual en los últimos tiempos se ha introducido en la discusión pública el tema de la ética y los valores morales en la sociedad. Fue precisamente el doctor Batlle quien en un foro empresarial dio el puntapié inicial. Pues bien, él, como Presidente y como viejo liberal, debería explicarle al país cuáles son los valores morales de su doctrina económica. Si es que los tiene. *
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