Cavallo, su abuelo y su padre

ALBERTO DI CANDIA

 

Hay personas que tienden a ocuparse sólo del presente y ovidan personajes y acontecimientos pasados no muy lejanos. Por ello conviene refrescar la memoria de lo ocurrido desde hace unos 35 años para probar que muchas situaciones presentes no nacieron por generación espontánea y hace poco tiempo.

Tomemos el ejemplo de Argentina, y quizá destinemos otra nota a nuestro propio país, que ha seguido un proceso histórico no muy diferente en los últimos 30 años.

En 1966 el general Onganía derrocó al presidente constitucional Illia y nombró como ministro de Economía a Adalbert Krieger Vasena, técnico que tenía doble ciudadanía, argentina y estadounidense. Ni lerdo ni perezoso, Krieger aplicó un programa de ‘estabilización’ rigurosamente fondomonetarista, basado entre otras cosas en una congelación salarial por dos años a partir de 1967, el establecimiento de un cambio fijo de $ 3,50 por dólar que duró casi tres años, y prometió que mantendría los precios en niveles bajos y expandiría la producción.

Pero no transcurrió mucho tiempo sin que descendiera el consumo y comenzaran a cerrar fábricas y comercios, con los despidos masivos consiguientes. La precarización del empleo y el salario bajo un régimen dictatorial produjo una fuerte conmoción popular sólo contenida a medias por el rigor represivo hasta que en 1969 estalló el movimiento social y sindical conocido como ‘El Cordobazo’. La brutal reacción del gobierno no se hizo esperar, pero Krieger renunció, y si bien Onganía se mantuvo un año más, quedó convertido en una figura frágil, inoperante ante los problemas que debía enfrentar.

A continuación, partiendo de 1970, se sucedieron los gobiernos de facto de los generales Levingston y Lanusse, sin que la situación económica y social variara en forma apreciable. En 1973 y luego de elecciones relativamente libres, alcanzó la presidencia el peronista Héctor Cámpora, quien allanó el camino para que ese mismo año se realizaran nuevas elecciones, y Perón –ahora definitivamente proscripto– las ganara con el 62 % de los votos.

El caudillo se dio el gusto de retomar la presidencia después de 18 años de ostracismo; pero enfermo y casi octogenario, falleció el 4 de julio de 1974. Entre 1974 y 1976, el país pasó a ser gobernado, según palabras de Juan Goytisolo, por una cabaretera y un astrólogo: la totalmente inepta Isabelita y su ministro de Bienestar Social, el siniestro José López Rega.

A nadie sorprendió que el 24 de marzo de 1976 se concretara el golpe de estado que implantó la terrible dictadura que se extendió hasta 1983. Como Onganía en 1966, el flamante ‘proceso’ recurrió a otro economista ‘salvador': José Martínez de Hoz. Y otra vez se aprobó un programa de ‘estabilización’ de inspiración fondomonetarista, se fijó una ‘tablita cambiaria’, se privilegió de manera descarada al capital financiero y especulativo, se abrió la importación de modo prácticamente indiscriminado, se inició –aun con cierta timidez– la desnacionalización de empresas estatales, se recurrió con desenfreno al endeudamiento interno y externo.

Nada de esto impidió que en 1981 estallara la devaluación del signo monetario, se disparara nuevamente la inflación y se instalara otra recesión con aumento del desempleo.

Como se ha visto, el tándem Onganía-Kreiger y el Videla-Martínez de Hoz demuestran que el dúo Menem-Cavallo del último decenio del siglo XX no fue muy original en sus fórmulas y resultados. Según expresó en 1994 Daniel Muchnik, un analista económico de Clarín de Buenos Aires, el programa de Cavallo en los noventa tenía como abuelo a Krieger Vasena y a Martínez de Hoz como padre. ¿Qué acaecerá ahora con las medidas del ‘nuevo’ Cavallo? *

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