Las quejas del mundo resuenan en Génova
Se les ha empezado a llamar «pueblo de Seattle» en referencia a la primera y exitosa expresión de protesta contra la globalización en 1999, cuando se reunió en aquella ciudad norteamericana la Organización Mundial del Comercio.
Quienes pensaron que aquellas expresiones «antiglobalización» eran una suerte de moda pasajera, se equivocaron rotundamente.
Basta dar una ojeada al panorama político italiano en vísperas de la reunión del G-7 más Rusia, mañana y pasado en la ciudad de Génova, para sorprenderse de la riqueza y amplitud de las protestas y de las tensiones y reacciones que la convocatoria ha venido provocando.
Sorpresa que ha ganado incluso a los observadores políticos de la izquierda italiana cuando el martes los principales de la oposición, los Demócratas de Izquierda decidieron participar de las manifestaciones.
El propio Mássimo D’Alema, ex primer ministro hasta el 13 de mayo, dejó entrever la posibilidad de desfilar con los activistas que llegan de toda Italia y desde el exterior.
Sorpresa por la calidad intelectual, artística y científica de las actividades académicas de la Universidad de Génova que durante esta semana llevó adelante un ciclo de conferencias en la Facultad de Arquitectura sobre los aspectos culturales de la globalización.
Como lo ha señalado desde allí Frei Beto, la atención de los intelectuales italianos se centró no tanto en los aspectos económicos de la mundialización sino en el desarrollo de «un pensamiento único que pretende tener una universalidad irrefutable» y en cómo «la creatividad tiende a abandonar las osadías del espíritu humano para adecuarse a la forma del mero entretenimiento, como los programas que ofrecen los canales de televisión».
En el plano cultural, observan, «toda la comunicación de masas tiende a tornarse mero apéndice publicitario, orientada más a formar consumidores que ciudadanos.»
Los resultados de estos debates universitarios genoveses se plasmarán en unos documentos que los académicos aspiran a entregar a las autoridades que asistan a esta reunión «cumbre de cumbres» que se inicia el viernes.
Mientras los organizadores, pertenecientes a distintas fuerzas y tendencias, esperan reunir en Génova a alrededor de cien mil personas, el flamante gobierno del derechista Silvio Berlusconi ha dispuesto para el casco más antiguo de la ciudad, donde se celebrará la conferencia, un aparatoso sistema de vallas callejeras y controles de todo tipo sobre el movimiento de las personas.
En el campo de la protesta la amplitud es, también, sorprendente. Está presente todo el arco de organización más o menos anarquista, ecologista, feminista, pacifista que participó en otras expresiones de protesta como las de Gottemburgo, Praga, Davos o Niza.
A ello hay que agregar las presencias más típicamente italianas como los grupos católicos, y los sindicatos de base donde se expresan los sectores más radicales del movimiento obrero.
En estos días, un veterano y, por cierto, nada izquierdista sociólogo británico que, además integra la Cámara de los Lores, Ralf Dahrendorf, después de condenar cualquier tipo de expresión de violencia en protestas de este tipo se preguntaba: «¿Tienen realmente las democracias otra forma de expresar los sentimientos de muchos con respecto a la globalización? (…) La palabra (globalización) es casi sinónimo de la incapacidad de los ciudadanos para determinar sus asuntos» y se plantea «la necesidad de mantener a la globalización bajo cierto tipo de control cívico».
Algo así como la necesidad de gobernar la globalización de la que han hablado en nuestro país las fuerzas progresistas. *
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