Con Maggiolo en Buenos Aires
NIKO SCHVARZ
El homenaje al ingeniero Maggiolo el jueves 5 en el Paraninfo nos conmovió a todos. Con el veterano Manuel Sadowsky la emoción llegó a su vértice: por lo que dijo del ex rector y por la referencia a su primera visita a Montevideo en expresión solidaria de los estudiantes argentinos con la FEUU en lucha contra la dictadura de Terra en 1934; la historiadora Blanca París de Oddone, el estudiante Roger en original mensaje, el representante de la Agrupación Universitaria, el ingeniero Gerardo Rodríguez y el senador Rafael Michelini fueron abocetando los distintos rasgos de la personalidad del ingeniero Oscar J. Maggiolo, en tanto el rector Rafael Guarga sintetizó sus aportes científicos, sus realizaciones profesionales y su labor desde el rectorado en el convulsionado período previo al golpe, enlazando a la Universidad con el destino del país.
A pesar de este abordaje multifacético, un aspecto quedó en la sombra. A la salida, el senador Reinaldo Gargano me instó a abordarlo. Se trata de la labor que un puñado de compatriotas desarrollamos en Buenos Aires, en la fase inicial de la lucha contra la dictadura uruguaya, y cuyo gran animador fue precisamente Maggiolo.
Habíamos llegado allí por distintas vías, cada cual con su peripecia a cuestas. Lo primero que hicimos los frenteamplistas fue juntarnos. Venían José Díaz y Gargano por los socialistas, el ex decano de derecho Alberto Pérez Pérez y a veces Zelmar Michelini por la 99, el malogrado Julio D’Elía (sobrino del Pepe, uno de nuestros desaparecidos) por los GAU, yo por el PCU después de haber atravesado 10 días bajo la dictadura de Pinochet. Teníamos vínculos con los demás sectores antidictatoriales, sobre todo del Partido Nacional, y a poco andar el Toba Gutiérrez Ruiz se incorporó al grupo. El gran gestor de enlace era Maggiolo, en cuyo apartamento nos reuníamos (ahora no puedo recordar la calle).
En los encuentros se intercambiaban informaciones sobre la situación en el país y se discutían los materiales para un boletín quincenal titulado «Informaciones uruguayas» que comenzamos a editar casi de inmediato. Maggiolo era un defensor apasionado de la regularidad de su aparición. Nada lo sacaba de ese centro. Traducía cada noticia significativa en un material para el boletín, sin tardanza. En las reuniones se discutía, como en cualquier lado donde hay gente que piensa y que actúa. Maggiolo era en esas instancias un factor de acuerdo, de integración, para acordar puntos de vista, con respecto a todos los matices y sin limar su filo polémico. Cosa más fácil de decir que de hacer, y de compaginar con la urgencia de los plazos. De esas reuniones salíamos todos reconfortados.
Gargano evocaba la estricta disciplina que imprimía Maggiolo en un aspecto: prohibido fumar. En la sala había carteles en varios idiomas y letras mayúsculas que decían: No fumar (uno en ruso: Nie Kurit, como en Aeroflot). El único díscolo era el Toba: cuando no podía aguantar se arrimaba como al descuido a la ventana, siempre entreabierta, sacaba medio cuerpo al balconcito y daba unas pitadas. Para después del trabajo, Isaura nos reservaba alguna exquisitez: recuerdo su forma peculiar de preparar los pomelos. Destacada profesional, también en ingeniería, se había fijado como tarea ayudar a Maggiolo en los cálculos, considerando que él tenía mayor perspectiva y visión de conjunto. Después venía para nosotros el trabajo práctico. Yo me llevaba los originales y mis compañeros del PCA picaban las matrices (¡qué tiempos!), los socialistas las llevaban a un sindicato (creo que de la rama tabacalera) ubicada en las afueras, donde se hacía la impresión, el Toba oficiaba –como él decía– de canilludo, recogía en auto los ejemplares y los distribuía, por último cada uno de nosotros en su radio y con las direcciones de que disponía los llevaba al correo. Creamos así un buen instrumento de denuncia contra la dictadura, que llegaba a todos los continentes. Fue un valioso antecedente para otras publicaciones que editamos posteriormente en el exilio, y que distribuyeron millones de ejemplares por todo el mundo.
Así seguimos durante unos cuantos meses. Pasamos a reunirnos en lo del Toba y Matilde, un apartamento de la calle Posadas 1011. Nos hicimos amigos de los chiquilines. Después nos fuimos dispersando hacia otras geografías. Cuando el golpe de Videla del 24 de marzo de 1976, los supervivientes en Buenos Aires quedamos encerrados en una trampa mortal. Maggiolo se había ido antes. De nuestro lugar de reunión se llevaron al Toba en la noche fatídica del 18 de mayo. Pocas horas antes yo había estado con Zelmar en la esquina de Corrientes y Florida, cuando él volvía al Hotel Liberty desde La Opinión y yo salía de Prensa Latina. En la madrugada del 20 aparecieron los cadáveres. De esto no voy a hablar ahora. Sólo recordar que esa fecha quedó en la conciencia colectiva.
A Maggiolo volví a encontrarlo en Caracas un par de años después. Con la misma pasión por agrupar a los uruguayos exiliados allí para luchar juntos contra la dictadura, superando cualquier obstáculo a su unión. Al mismo tiempo desarrollaba un trabajo profesional de alto nivel. Allí lo fulminó la muerte. No había cumplido los 60 años. *
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