Mozart asesinado

NIKO SCHVARZ

 

El sábado fuimos a ver «Cuentos de otoño» (muy linda, se la recomiendo) en la última función antes del trasnoche. A la salida todos los boliches estaban repletos, no sé si por la temperatura agradable, algún peso del medio aguinaldo o la fraterna invasión brasileña (o todo mezclado). Al fin recalamos en La Pasiva del Entrevero. Apareció al rato un chiquilín vendiendo caramelos. Tendría cinco o seis años, muy simpático, una mirada vivaz. Precioso gurí. Una pareja cuarentona (él con pinta de trabajador, ella de empleada) comentaron el caso con nosotros. Estaban conmovidos hasta la médula. El chiquilín seguía ofreciendo su mercancía por las mesas, a conciencia, sin saltearse ninguna. El trabajador dijo que tenía un nudo en la garganta, la pizza no le pasaba. La mujer igual.

Un muchacho, sólo en la mesa contigua, esperó la vuelta del chico y lo invitó a comer un pancho con una coca. El niño se negó una y otra vez. Ante la insistencia cariñosa, respondió que debía consultar al abuelo que estaba afuera. El trabajador dijo que conocía familias que se proponen adoptar un niño, pero que a menudo se topan con exigencias desmedidas que los hacen desistir. La burocracia, comentó la señora. (Me quedé pensando si no sería el caso de ellos).

El niño volvió y se sentó tímidamente a la mesa del muchacho solo, que llamó al mozo. Ante una pregunta, respondió que le había entregado toda la plata al abuelo. El trabajador sacó para afuera su angustia contenida. Dijo: Así viven nuestros niños. A esta hora (se habían hecho las 12 y media) tendría que estar durmiendo calentito, y de día ir a la escuela. Quién sabe si va. Esto tendrían que venir a verlo los que dicen que estamos fenómeno y que los números de la economía dan lo más bien. ¿Y lo que estamos viendo acá en qué casillero lo ponen? Volvió a decir, en voz baja. ¿Qué estamos haciendo con los chiquilines? La mujer asentía, tenía los ojos llorosos.

Me vino a la memoria un pasaje de un libro de Antoine de Saint-Exupéry (que no es El Principito). Está en Vol de nuit (Vuelo nocturno) aunque podría ser Terre des hommes (Tierra de los hombres), no recuerdo bien y no los tengo a mano. El aviador toma un ferrocarril para ir a ocupar su puesto, en la noche. Su vagón está abarrotado de mineros polacos que van a trabajar a las minas de carbón del norte de Francia. Viajan con sus familias, en condiciones muy penosas. Hace frío, el vagón está a oscuras. En un cruce un destello de luz ilumina la escena. El aviador ve un conjunto de niños durmiendo en el suelo, acurrucados. Le impacta la imagen de uno de ellos. Dice que nunca había visto un niño tan hermoso, y se interroga sobre su futuro previsible. Por extensión piensa en el porvenir de todos los niños que viven en la miseria, en sus potencialidades dormidas. Ese chico podría albergar dentro de sí un Mozart que nunca llegará a manifestarse. Lo que lloro en cada uno de estos niños concluye es el Mozart asesinado.

En eso me quedé pensando: en el destino de los niños de hogares pobres. *

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