TRABAJO DECENTE O RESTAURACION DEL PASADO

Cómo ingresar al siglo XXI avanzando hacia atrás

Un conocido sociólogo francés, Bourdieu, dice algo muy sugerente y que parece escrito a propósito del sorprendente discurso del ministro Bensión en ADM: «Una revolución conservadora es algo muy extraño: es una revolución que restaura el pasado y se presenta como progresista, que transforma la regresión en progreso. Es la gran fuerza de las revoluciones conservadoras, de las restauraciones progresistas».

Siempre se sostuvo que el Uruguay era un país que vivía de sus recuerdos, evocando su Estado benefactor, su cultura, sus realizaciones. Torres García y Fabini, Batlle y Ordóñez y Vaz Ferreira, Felisberto Hernández y Obdulio Varela.

El ministro Bensión, a través de sus planteos en materia de reforma laboral, pretende ir más allá de Maracaná, a una especie de época dorada liberal. AVanza hacia atrás, hasta el siglo XIX, transformando así la regresión en progreso.

La reforma laboral que anunció pretende eliminar el límite de trabajo diario, modificar los descansos (intermedios, semanales, licencias) para que se adapten a la «operativa» de la empresa, computar las horas extra en forma «diferente» o permitir su compensación, así como «desmonopolizar» los seguros de accidentes de trabajo (o sea, volver a los seguros privados), comportando una serie de medidas que retrotraen la discusión sobre la «cuestión social» al mismo siglo XIX.

Este era justamente el debate desatado por la extraordinaria explotación de que fueron objeto los trabajadores, que conocían jornadas extenuantes, junto a sus mujeres e hijos menores, al pie de la máquina. Fue el germen del mutualismo, el sindicalismo, las ideas socialistas, de la encíclica Rerum Novarum… y de la intervención del Estado, vía la legislación social protectora.

¿Cómo se procesó esta transformación en el Uruguay de principios del siglo XX?

Todos responderíamos: mediante el impulso de Batlle y Ordóñez, propulsor de leyes fundantes sobre limitación de la jornada, descanso semanal, seguridad social, etc. Pero no estuvo solo; también hay que mencionar los proyectos, las ideas y las acciones de Roxlo y Luis A. De Herrera, Frugoni, Brena, etc.

Pero el mundo ha cambiado, se dice. Las empresas necesitan ser competitivas y para ello deben disponer «justo a tiempo» de todos sus recursos. El trabajo es así una mercancía más del engranaje, y todo derecho del trabajador resulta un obstáculo a remover; su salario y los aportes a la seguridad social, un costo a reducir.

Esta visión materialista y mecánica desconoce que estamos hablando de personas, titulares de derechos y de una dignidad irrenunciable. La Organización Internacional del Trabajo viene elaborando el concepto de trabajo decente. Forma parte del «desarrollo» del que es a su vez una «aspiración, una condición previa, un objetivo y una medida de progreso».

¿Trabajo decente es romper el límite de la jornada y alterar todos los descansos del trabajador, perjudicando así su vida familiar, su espacio para el ocio, el estudio o la recreación?
Por último, dos aspectos a destacar.

El discurso del ministro de Economía recurre a la retahíla del fomento del empleo mediante la flexibilización laboral. El ejemplo cercano de Argentina nos dice que la reforma laboral en ese país implementada a partir de 1991 no pudo detener el desempleo, el cual se disparó en los años subsiguientes hasta límites desconocidos históricamente. La pasividad del Ministerio de Trabajo en materia de inspección del trabajo permite seguramente prácticas ilegales de los empleadores del tipo de las ahora propuestas por Bensión, sin que ello haya determinado una reducción o siquiera detención de la desocupación.

Pero el ministro va más allá que la reforma menemista (lo que es mucho decir). En su discurso, expresa que no se pretende derogar las leyes, pero sí permitir que resulten inaplicables mediante «acuerdo» entre el empresario y los trabajadores.

No hay mención alguna al convenio colectivo como mecanismo negociador de los cambios, como sí lo había en la reforma laboral argentina.

La omisión no es casual. Se pretende forzar la reforma a través de acuerdos individuales entre trabajadores y empresarios, un ámbito donde éstos gozan de absoluta libertad para imponer (no acordar) las modificaciones que «la operatividad» de la empresas requiera.

La propuesta del ministro comporta una verdadera «cajita feliz» para los empleadores. Una restauración del pasado, avanzando hacia atrás. *

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