¿Intervención en el fútbol?
LEOPOLDO AMONDARAIN
El deportólogo ministro Jaime Mario, supongo que consciente de su supina ignorancia en la materia que dirige, decidió hacerle caso a algún amigo que sabiamente le aconsejó consultar con alguien que supiera y fuese obviamente inteligente. Y trajo un gallego.
A los efectos de su «presentación en sociedad» se montó el escenario y en el Edificio Libertad, Presidente de la República mediante y numerosa y calificada concurrencia de abogados (a los vascos no nos invitaron, ni tampoco, según me dicen, a técnicos, jugadores y deportistas en general) desarrolló su exposición y punto de vista con contundente soltura. Pero en lo concreto y específico se basó en el consejo final: intervenir el fútbol a los efectos de su recuperación. Despacito y por las piedras. En primer lugar, este buen «gaita» no es por cierto nada original con esta idea.
Quienes tenemos algunos años en el deporte y el fútbol en concreto, sabemos que muchas veces se «conversó» sobre esta solución. La vez que más cerca se estuvo, si hacemos memoria fue cuando el golpe de estado. Recuérdese incluso la prisión y procesamiento de algún dirigente de institución mayor, por cierto injusta, y la inminencia en la que se planteaba esa disyuntiva. Las soluciones no pasan por medidas de fuerzas en el área.
No se puede romper y entrar a botazos interventores en un ambiente donde la costumbre y los estilos funcionan desde muchos años y forman estructuras con las que funcionó siempre el país y obtuvo sus mejores glorias. Me sospecho que al buen gallego le contaron la mitad de la película solamente.
El fútbol en particular como el deporte en general no escapan a la realidad de crisis nacional.
No es una isla el deporte. Si hay desocupación y miseria también repercute en el fútbol. Hay menos cantidad de jugadores porque los botijas ya no juegan al fútbol como antes. Hoy a los once o doce años y tal vez menos, los gurises de familias modestas de donde se nutre el fútbol, están «laburando» de cadetes en algún supermercado, mandaderos de alguna farmacia o subiendo y bajando de los ómnibus ofreciendo «estampitas» para que la familia pueda completar la comida. No hay tiempo disponible para el «campito». Por otra parte desaparecieron los baldíos de Montevideo y por ende las canchas.
Pero decenas las instituciones deportivas que podrían suplir estas carencias, vegetan en su mayoría en la más paupérrima miseria.
Si este señor fuese el interventor, según su opinión, y quisiera respaldarse en los clubes sufriría una frustración. No porque no quieran sino porque no pueden dárselas por falta de medios. No hay canchas auxiliares, ni gimnasios, ni infraestructura para concentraciones en la mayoría de los clubes. Hay incluso hoy instituciones profesionales cuyos jugadores se deben poner medias con «papas» pues el club no ha podido reponer las agujereadas. Eso es una realidad.
Se deben sueldos a jugadores durante meses y es trágico ver el desfile de reclamos legítimos para poder comer y mantener a sus familias.
La cosa no da para conferencias con abogados, de piernas cruzadas y caras de «inteligentes» que escuchan y aplauden a un europeo que viene de otras realidades prósperas a opinar en este pago sin conocer el medio.
Se menciona en voz baja determinados «personajes» intermediarios en el fútbol. Es muy fácil opinar.
Pero qué se hace, cuando una familia carenciada económicamente descubre que tiene un chiquilín que la «rompe», valga el término folclórico. Y aparece un señor que le compra el «pase» en efectivo, y le promete una casa para los «viejos» y se la compra, y le promete un auto y se lo da, le paga la sociedad médica, le paga el sueldo que le deben, lo viste y, si tiene novia y por «esas», se tiene que casar «de apuro», cosa bastante común en el fútbol, le consigue vivienda, un pase internacional y lo ayuda a administrárselo en el exterior.
Es obvio que el señor de marras se va a llevar la «suya».
Es criollo, no gallego. ¿Pero de quién es la culpa de que eso pase? Es obvio que es una realidad socioeconómica que repercute en las clases más necesitadas, donde como dije, se nutre el fútbol.
Es muy difícil competir contra las riquezas y sus medios poderosos de grandes naciones, un país pobre y chico como el nuestro. Que Uruguay siga siendo referencia en el mundo y le siga ganando a Brasil y similares, es un milagro como el de la multiplicación de los panes y los peces.
Sospecho que San Pedro debe ser «celeste».
De lo contrario no hay lógica. Por lo tanto, no queda otra que trabajar con abnegación y gente idónea en la materia y respaldo del Estado que jamás se tuvo. Hay plata para viajes y opíparos sueldos de legisladores y ni un «mango» para el deporte.
La Comisión Nacional de Educación Física era la cenicienta del presupuesto nacional. Y ahora pasa lo mismo. Si se quiere terminar con los vicios de los intermediarios, es el Estado el único que puede hacerlo. No interviniendo a lo «gallego» sino facilitando los medios y organizando racionalmente a las instituciones de manera tal que puedan facilitar un medio de trabajo digno a sus deportistas profesionales y no que estén mendigando o dependiendo de terceros que buscan lucrar con el arte del jugador desvalido.
El deporte volverá a ser próspero en la medida que todo el país pueda sacar la cabeza y tener los recursos para autofinanciarse con las infraestructuras correspondientes.
Para llegar a esa conclusión, no es necesario traer a ningún lucido galaico sino algo por cierto más sencillito.
Ya que se nos impuso un ministro innecesario, por lo menos a su frente, ponga a alguien que sepa y no improvise.
En el Uruguay sobra gente capacitada. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad