La educación: un gran tema de la nación

Leon Lev

 

La sociedad uruguaya tiene por delante un gran desafío, ubicar a la Educación a la altura del Siglo XXI. Un país pequeño y en crisis, con alta tasa de desocupación, debe hacer una importante inversión en educación, de manera de forjar los recursos humanos aptos para las transformaciones necesarias.

José Pedro Varela es un gran referente de la educación nacional, porque supo trascender su época , sembrando las semillas de nuestra Escuela Pública. En épocas devastadoras, en medio de caos social y destrucción, se propuso construir la República educando republicanos, con una mirada de largo aliento.

Hoy no estamos a la salida de una guerra civil, ni de una catástrofe nacional, sino ante los efectos de una grave crisis económico-social, que debemos superar dándole las herramientas a las nuevas generaciones, para que sean portadoras de las ideas y del estado de ánimo, capaces de modificar el actual estado de situación.

La educación en valores, tema en discusión, debe estar centrada en la formación de ciudadanos aptos para actuar en una sociedad democrática, con pluralidad de opiniones. El propio proceso educativo debe ser una escuela de resolución de problemas que conciernen a todos.

Cuando se habla de valores vale la pena rescatar aquellos que formaban parte de nuestro modo de vida y que hoy en momentos de globalización, y posmodernismo, se han ido perdiendo.

Como afirma Ernesto Sábato en La Resistencia (a esta oleada posmoderna y egoísta):

«La vida de los hombres se centraba en valores espirituales hoy casi en desuso, como la dignidad, el desinterés, el estoicismo del ser humano frente a la adversidad. Estos grandes valores como la honestidad, el honor, el gusto por las cosas bien hechas, el respeto por los demás no eran algo excepcional.»

También dentro de esos grandes valores están la justicia, la libertad y la verdad.

Por supuesto si la escala de valores está centrada en los proclamados triunfadores o «winners», sin importar los medios a los cuales se recurre para obtener los éxitos, es evidente que la educación quedará en mero adiestramiento tecnológico, o en el aprendizaje de técnicas para triunfar.

En otro terreno Atilio Borón, cientista político argentino, rescata los principios filosóficos clásicos:

«En los tiempos que corren dominados por la funesta amalgama de neoliberalismo y posmodernismo, estamos hambrientos de buenas ideas y nobles utopías.

Nuestra época se caracteriza por la virulencia del síndrome que Karl Mannheim denomina «la crisis de la estimativa», el derrumbe de la escala de valores y la anomia resultante de la imposición de las reglas de juego del capitalismo salvaje, conducentes a un «sálvese quien pueda», que da por tierra con todo escrúpulo moral y que sólo premia a ricos y poderosos..».

Nuestra educación, cuyos recursos están muy por debajo de lo que las sociedades desarrolladas invierten en educación e investigación y que debería estar abocada a coordinar todas sus energías para mejorar y avanzar, viene siendo sometida desde alturas ministeriales y determinados consejeros y amplificados por cierta prensa, que nos recuerda nefastas épocas de pasados no tan remotos, a una caza de brujas.

Pero no caigamos en la ingenuidad del debate sobre una presunta laicidad vulnerada, que primero fue sobre temas religiosos y ahora enfila contra los profesores de secundaria, y no nos demos cuenta de la evolución de la propia sociedad donde los elementos de insatisfacción, irracionalidad y violencia impactan sobre el sistema educativo.

Se hace imprescindible unir las mejores inteligencias, los educadores más aptos, darles recursos, dignificar la función docente y mejorar en todos los sentidos al sistema educativo.

Educar en valores no sólo significa lo racional sino también lo afectivo, de manera que los futuros ciudadanos tengan la capacidad y entereza de realizarse individualmente para construir una sociedad con valores colectivos.

Aun si lo miramos desde el punto de vista económico, no economicista, la educación es un activo que desarrolla las capacidades productivas de nuestros compatriotas.

No podemos sustraernos a la constatación de que en los últimos treinta y cinco años Uruguay se ha ido rezagando respecto a la región latinoamericana, ya no hablemos del primer mundo, en materia de recursos públicos dedicados a la educación. Defender los valores morales y los principios de justicia, libertad, bienestar social, los derechos de la persona humana y la forma democrático-republicana de gobierno, no son sólo fines que le marca la ley a la Universidad de la República sino al conjunto de la Enseñanza. *

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