El final de los 500 días de Pinochet en Londres

Un pacto político derrotó a la justicia

No por previsible, la resolución del «caso Pinochet» deja de ser un trago amargo para todos aquellos que apostaron a que se haría finalmente justicia con el ex dictador. Como afirma el periodista argentino Oscar R. Cardoso, triunfó la «razón de Estado» sobre la «razón de justicia».

Ahora, luego que todos vimos por la televisión cómo el viejo déspota había recuperado la salud como por arte de magia, después de confirmar el impudor con que caminó sonriente y fue prestamente dado de alta por la sanidad militar de su país, resulta claro que todo no fue sino una gran pantomima producto de un vergonzoso acuerdo entre los gobiernos de Gran Bretaña, España y Chile.

Cabe preguntarse  es legítimo hacerlo  si Pinochet es un histrión consumado capaz de simular un estado de salud lamentable y engañar así a los galenos o si, por el contrario, éstos se prestaron al deplorable juego manipulado por los tres gobiernos. Si los médicos fueron engañados, ello no habla demasiado bien de su capacidad profesional; si no lo fueron, se trata casi de una traición al juramento hipocrático. Porque de lo que no quedan dudas es de que el senador vitalicio está perfectamente apto para enfrentar un juicio, sobre todo un juicio con las características del que se habría desarrollado en los tribunales españoles, con todas las debidas garantías que ofrece la Justicia en los regímenes democráticos y que están ausentes en esas parodias de proceso que tienen lugar en los tribunales castrenses. Y menos aun en el accionar discrecional de los esbirros y sicarios que actúan al amparo del terrorismo de Estado.

Pero no. El anciano general prefirió eludir la comparecencia ante la Justicia, para lo cual no tuvo el menor recato en recurrir no ya a chicanas dignas del más bajo leguleyo, sino a la mentira y la simulación. ¿Cuál será el curioso concepto del pundonor de este y demás militares que se muestran tan dispuestos a evitar a toda costa su presencia ante los jueces civiles? ¿En qué queda el honor del soldado que no se avergüenza de aceptar esa salida cobarde? ¿A qué bajísima categoría queda relegado el coraje de que suelen hacer gala los hombres de armas? ¿O será que su «valentía» se agotó luego de ejecutar a hombres y mujeres indefensos, o de aplicar tormentos a los detenidos? Pinochet optó por denigrarse hasta aceptar la «piedad» internacional que sirvió de excusa para la resolución de un problema que todos pretendieron esquivar.

No obstante, tonto sería concluir que este fiasco es el único resultado de los 500 días londinenses del senador vitalicio. Ya lo dijimos cuando se produjo su arresto: más allá del resultado concreto, la peripecia del tirano deja saldos positivos. De ahora en más, cada responsable de delitos contra los derechos humanos sabe que está prisionero en su propio pago, al amparo de leyes de amnistía votadas por parlamentos pusilánimes. Antes de cruzar la frontera, habrá que pensarlo dos veces, porque ya se pusieron en marcha los mecanismos internacionales para habilitar el funcionamiento de los nuevos principios jurídicos plasmados en convenciones suscritas por la inmensa mayoría de los países. Sea como sea, la impunidad sufrió un revés.

Ahora es el turno de Chile  gobierno y sociedad  de cumplir con lo anunciado desde que Pinochet fue detenido en Londres, al entablar una contienda de competencias. Exigiendo el respeto por la soberanía chilena y rechazando la extraterritorialidad, el gobierno chileno asumió internacionalmente el compromiso de hacer comparecer al ex dictador ante la Justicia chilena. El mundo entero estará pendiente de ese desafío.

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