La utopía en el horizonte
En este último artículo de la serie queremos discutir la idea de Laguarda respecto de los dos tipos de oferta que debe hacer la izquierda a la ciudadanía: una «material», relacionada con las cuestiones fiscales y macroeconómicas, y otra «posmaterial», relacionada con los proyectos de una vida buena. Veíamos que, en este último sentido, dirigiéndose específicamente a los jóvenes, Laguarda defendió la pertinencia de que éstos se dedicaran a «construir un proyecto individual» (trabajo, profesión, inserción laboral, estudio, pareja, hogar), si bien los exhortó a «participar en la gestación de un proyecto colectivo», porque si no, de restringirse sólo a lo primero, «la vida es hueca y vacía».
Para llevar adelante su propuesta, Laguarda considera que la izquierda debe realizar entonces dos tipos de ofertas, unas materiales y otras posmateriales, según quien sea el destinatario de los discursos. En el plano electoral, dirigiéndose a individuos que aparentemente sólo se preocupan por la situación económica y por los asuntos mundanos, la izquierda debe apuntar a la satisfacción material de sus necesidades. Fundamentalmente, debe ofertar mecanismos de redistribución de los ingresos que resguarden los equilibrios fiscales. Mientras que, en el plano ideológico y en relación con la inclusión en la vida política de los individuos, sobre todo los más jóvenes, la izquierda debe ofertar ideales, debe buscar elevar el espíritu ciudadano y la preocupación por el «bien común». Así, Laguarda, seguramente sin proponérselo, traza una diferenciación radical de los individuos: ¡habrá unos puramente materialistas y otros fundamentalmente idealistas!
Más allá del maniqueísmo que significa dicotomizar de esta manera a las personas, la pregunta que inevitablemente surge es: ¿cómo lograr que individuos, que según se supone responden exclusivamente a intereses materiales, lleguen a preocuparse por la suerte de sus semejantes participando activamente en la elaboración teórica y programática de los proyectos colectivos? Laguarda no lo explica; y, paradójicamente, termina convocándonos a todos, sin distinción, a las tareas de extender la democracia desde la política hacia la economía y la sociedad como forma de «avanzar» hacia el horizonte utópico de una sociedad libre e igualitaria. Presumimos que por detrás de una política que apela a lo posmaterial hay una estrategia tendiente a reforzar la organización partidaria, en un momento en que la realidad muestra un clima francamente adverso, de apatía y escepticismo generalizado: una estrategia que busca «espiritualizar» unos procesos electorales cada vez más deslegitimados socialmente.
En el pasado, uno de los postulados básicos de la izquierda era que los proyectos individuales debían supeditarse al proyecto partidario, el cual, así se suponía, era el verdadero portador del interés colectivo. Pero con el fracaso del «socialismo real» y el advenimiento de la sociedad capitalista neoliberal y posmoderna, se comienza a asumir como un dato inequívoco que el individuo actúa como un sujeto escindido y fragmentado en múltiples y difusas identidades. Por lo tanto, se hace necesario invertir aquel postulado básico. Ahora, la campaña política, la movilización social o la reivindicación cultural pasan a concebirse como actividades colectivas puntuales que deben subsumirse al «proyecto individual». El resultado de esta inversión es el surgimiento de una extraña combinación de proyectos individuales y colectivos. Por otra parte, si como bien afirma Laguarda, los proyectos meramente individuales nos conducen a «una vida hueca y vacía», ¿para qué postularlos como algo bueno? Mejor sería tratar de comprender que la dimensión de la vida colectiva es una condición necesaria e ineludible para el desarrollo individual, para el crecimiento personal del sujeto, para la articulación auténtica y autónoma de una identidad creativamente lograda por él mismo. Pero esto ya sería otra forma de realizar la utopía, no la que propone el secretario general del Partido Socialista.
Luego de la partida de defunción que le extendiera el posmodernismo, pensamos que sólo es posible recuperar la utopía si constatamos que ésta requiere ser reconstruida para su realización y ser realizada para su reconstrucción, y ello, en el marco de la construcción de espacios utópicos. Al contrastar con el sistema capitalista, esos espacios buscarían superar todas esas disociaciones entre individuo y colectivo, entre libertad e igualdad, entre estímulos materiales y estímulos morales como motor del desarrollo político, económico y social: disociaciones que parecerán insalvables mientras la utopía quede depositada en el horizonte. El desarrollo de estas ideas queda pendiente para futuras intervenciones. Invitamos a continuar el debate por esta vía y por e mail:
*Sociólogo. Miembro del Espacio Utópico Dodecá
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