Algo más sobre religión y magia
Alberto Di Candia Mangeney
Es de público y notorio conocimiento el debate sobre educación laica, enseñanza religiosa, valores que la educación debe impartir y temas afines, cuyo detonante fue una disertación del Presidente de la República en la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa.
En medio de la polémica suscitada, el ministro de Educación y Cultura, Antonio Mercader, criticó duramente a la consejera del Codicen profesora Carmen Tornaría, a raíz de una carta de ésta aparecida en Búsqueda del 29 de marzo. Mercader acusó a Tornaría de ser antirreligiosa e irrespetuosa de los creyentes de todas las religiones, por haber –según el ministro– identificado o puesto en un mismo plano magias y religiones.
En un reportaje a Tornaría (LA REPUBLICA, 6 de mayo) la consejera negó la imputación mencionada y agregó: «En el origen del mundo de las creencias estuvo y está la magia. Hay especialistas en esto, como Henri Bergson, Margaret Mead, Herbert Read y otros autores como el propio Varela, que señalan los contactos que puede haber entre magia y religión, actual e históricamente.»
Aprovechando el mayor espacio que nos da la amplitud de una nota como la presente frente a la necesaria brevedad de la respuesta de Tornaría en el reportaje del 6 de mayo, deseamos añadir algunas consideraciones a las de dicha profesora, con quien estamos plenamente de acuerdo.
En las primeras décadas del siglo XIX Hegel conjeturó, sin ninguna fundamentación científica, la existencia de una «era de la magia» y una posterior «era de la religión», siendo seguido –en lo fundamental– por varios autores, algunos de ellos del prestigio de sir James Frazer.
Sin embargo, esa teoría ha sido objeto de profunda revisión, y no sólo en cuanto a la imaginada separación cronológica entre magia y religión.
Así, por ejemplo, el recurso a hechizos y encantamientos para combatir una epidemia o una sequía, es propio de los magos, pero puede ocurrir que se crea que su poder deriva de dioses con los que están en contacto. Por su parte, el sacerdote de una religión es portador de un poder sagrado, conferido por una ordenación; pero la existencia de ensalmos, oraciones, súplicas, delirios extáticos, etcétera, «aparecen tan entremezclados en desconcertante confusión que el observador apenas sabe en qué categoría clasificar a un rito complejo o a sus oficiantes». Es cierto que existen componentes sin duda mágicos y componentes de indudable carácter religioso, pero la ya citada confusión hace preferible el uso del vocablo compuesto y genérico mágico-religiosos.
Dicho de otro modo, si bien hay características extremas respecto a las que no puede vacilarse en afirmar su calidad mágica, y otras características también extremas cuyo carácter religioso no puede ponerse en tela de juicio, en medio de aquéllas y éstas hay una importante zona gris que mucho dificulta, y a menudo lisa y llanamente impide, trazar entre ambas una clara frontera.
Hemos tomado como fuente principal para las consideraciones que anteceden la opinión de un especialista como el profesor británico E. O. James, expuesta en su obra Historia de las religiones, publicada originariamente en 1956 por The English Universities Press Ltd., de la cual hay traducción al español de Alianza Editorial SA, Madrid, 1975.
* Abogado y analista
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