¿Qué se oculta tras las salidas ‘ingeniosas’ del Presidente?

Tal vez para alejar el fantasma de la crisis (aftosa, desempleo, descontento social, etcétera) e intentar recobrar su perdida sonrisa, el presidente Batlle apeló al recurso que integra de manera definitiva su personalidad y que consiste en lanzar, así como al voleo, alguna propuesta desestabilizadora, una idea sorprendente, una paradoja u otra manifestación de su ingenio.

Esta peculiaridad del doctor Batlle lo ubica en una incierta frontera entre lo que muchos consideran una inteligencia preclara y otros ven más bien como una absoluta frivolidad.

Así ocurrió el pasado mes de marzo, cuando en un almuerzo con los dirigentes cristianos de empresa (ACDE) el presidente extrajo de la galera –o de una caja de sorpresas– nada menos que el tema de la laicidad en la enseñanza pública. Se preguntó el mandatario si no sería conveniente rever una de las características de nuestra educación pública impulsada precisamente por su tío abuelo. A partir de esa inesperada sugerencia, se desató –como era de prever– una más que intensa polémica que involucró a analistas y docentes así como a jerarcas de la educación. ¿El presidente Batlle duda sinceramente de los valores del laicismo? ¿Era realmente pertinente desempolvar un tema de esa índole cuando los acuciantes problemas que enfrenta el país requieren otras respuestas? ¿O habrá que pensar que el presidente fue sensible a posibles presiones? ¿Habrá que ver en esa iniciativa la mano de ciertos sectores que propugnan que el Estado abandone lisa y llanamente su papel de educador para dejar la enseñanza exclusivamente en manos privadas e instaurar un sistema en que el Estado se limite a costear los estudios de los no pudientes?

Sea como sea, la idea lanzada por Batlle, lejos de promover un cuestionamiento de la laicidad, sirvió para reafirmar el carácter laico de nuestra educación.

Más recientemente hubimos de asistir a otra boutade de nuestro presidente, en oportunidad del seminario organizado por el Centro de Estudios que dirige el general Seregni sobre la modernización del Estado y el papel de las empresas bajo su órbita. Fue allí que el doctor Batlle afirmó –¿irreflexivamente?– algo que dejó perplejos a todos: «Algunos directores de entes no saben nada». Sin perjuicio de que la sentencia sea compartible, algunas reflexiones se imponen.

En primer lugar –y por informal y hasta simpático que parezca– no parece procedente una afirmación de ese tipo de parte de quien ocupa el más alto cargo en el país; no parece errado sostener que fue una expresión fuera de lugar. Así lo han percibido algunos jerarcas que se sintieron ofendidos por la sentencia y por la vaguedad generalizadora de su formulación.

Pero lo más interesante del hecho es que todos los directores de entes, servicios y empresas públicas fueron nombrados a propuesta del Poder Ejecutivo con la venia del Senado. ¿El presidente es ajeno a esa situación? ¿Acaso no acompañó son su voto –siendo senador– las designaciones de jerarcas de la administración pública desde hace unos cuantos lustros? ¿O hay que concluir que el doctor Batlle se pasó a la oposición? ¿Quién es responsable de que haya ineptos al frente de organismos públicos; la crisis asiática, el efecto tequila o la aftosa?

Como, a pesar de la alegre sonrisa presidencial, la situación no es jocosa, corresponde preguntarse si en definitiva lo que el doctor Batlle se propone no es fomentar el desprestigio de las empresas estatales con el único propósito de que su venta a capitales privados no sea tan mal vista como lo es ahora.

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