Ecuatorianos, "zonas rojas" y solidaridad

Jorge Rodríguez Meléndez

 

En estos días ha tomado estado público, tras una primicia que destacó LA REPUBLICA, el doloroso caso de ciudadanos ecuatorianos, casi todos ellos menores de edad, víctimas de una explotación que bordeaba la esclavitud. No voy a abundar sobre ello porque ya la prensa y quienes han sido protagonistas de este hecho han expresado cabalmente su pensamiento sobre ello. Mi intención al redactar esta breve columna es resaltar un hecho que ha pasado desapercibido: el origen de la denuncia.

El joven ecuatoriano José Manuel Andrango fue dejado en la calle por su explotadores sin un solo peso, sin ningún alimento y sin ninguna persona conocida en Uruguay. Una buena señora lo llevó al Consulado de Ecuador, donde relató toda su historia al señor cónsul, famoso entre nosotros por su pasado deportivo, pero para su asombro el diplomático le dijo que nada podía hacer, en una de las actitudes más parecidas que he conocido al famoso episodio evangélico del lavado de manos de Poncio Pilatos.

Y fue un joven compatriota, desempleado, que desempeña el difícil oficio de hurgador mientras no le surja alguna oportunidad laboral, llamado Christian, el que lo recogió y lo llevó a la casa de su padre, don Rómulo Rodríguez, que en su humilde vivienda de la Unidad Casavalle le dio todo su apoyo. Compartió su propia casa con este extranjero en dificultades a pesar de no conocerlo. ¡Qué actitud diferente que la del señor cónsul! Si volviéramos al Evangelio, creo que es difícil encontrar un mejor ejemplo en la vida real de la parábola del buen samaritano que ayuda a quien cayó en desgracia.

Fueron estos compatriotas los que llevaron a José a Tacurú, que es sin lugar a dudas la principal referencia de la zona, donde la diligencia del P. José María Tejero y la buena voluntad y la alta sensibilidad de las diversas personas que actuaron en el tema, desde el diputado Víctor Rossi hasta la directora de División del Iname, A.S. Jacinta Silva, ayudaron a encaminarlo hacia un principio de solución.

Cuando conversamos con ellos, nos expresaron el dolor que sienten cuando algunos órganos de prensa se refieren al barrio donde viven como una «zona roja» o una zona de malvivientes o cualquier otra descripción por el estilo, que dan la sensación de que tuviéramos un Montevideo dividido éticamente en dos. Me hace acordar al «culto» Sarmiento cuando hablaba de «civilización o barbarie» en un intento despreciar a los gauchos y sus caudillos. Y es un justo dolor porque en primer lugar la difícil situación de quienes allí viven es una responsabilidad compartida por todos los que habitamos en esta Tierra. Algunos tienen más responsabilidad, pero todos tenemos algo. Pero sobre todo es un justo dolor porque se generalizan realidades que no reconocen que son acciones como la de Rómulo Rodríguez y su familia las que enaltecen el ser nacional y dan un verdadero sentido a la palabra solidaridad. Sí, desde la humilde Unidad Casavalle. Que quede constancia.

* Alianza Progresista

 

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