Los caminos para llegar a la utopía

Alejandro Ventura *

 

Tal como veíamos en el artículo anterior, es claro que la transformación de la utopía en ideal se orienta a revertir el actual «desdibujamiento de las motivaciones para la acción política basadas en valores o en lo ideológico». La recuperación de la utopía viene a oficiar como justificación del restablecimiento de una estrategia gradualista que apuesta todas sus fuerzas a los procesos electorales en el marco de la democracia institucional. Esta estrategia supone que mediante aproximaciones electorales sucesivas podemos ir acercándonos al ideal utópico de la sociedad sin clases y sin desigualdades: al reino de la libertad. Así, se vuelve a hablar de un proceso histórico de transición «larguísimo» para llegar a la sociedad prometida. Si el capitalismo demoró seiscientos años en implantarse, afirma Laguarda, ¿cuánto más necesitará el socialismo? Y así resulta que, sin saberlo, tal vez hemos comenzado a realizar la utopía, pues ya estaríamos inmersos en ese proceso de aproximación, desarrollando nuestras tareas políticas tendientes a combinar los distintos tipos de relaciones sociales y las distintas formas de propiedad. Aquí la confusión es grave: no sólo se desdibuja el contenido de la utopía –aquella sociedad libre, sin clases y sin desigualdades– sino que, además, resulta difícil imaginar cuál puede ser nuestro preciso papel en este proceso y cómo asegurarnos de que efectivamente nuestros esfuerzos tienden a realizar esa utopía y no a fortalecer la sociedad actual.

Esto último nos conduce a discutir el tercer punto. Allí, se afirma que el socialismo ha de ser «un proceso mediante el cual la democracia se extiende de la política a la economía y la sociedad». Además, se entiende que «la democracia radicalizada hasta sus últimas consecuencias es el socialismo».

Laguarda supone que mientras esperamos el advenimiento de la utopía nuestras tareas políticas consisten en «radicalizar» y extender la democracia. En este caso, la relación de la utopía con la democracia encierra una paradoja de difícil elucidación. La democracia se vuelve aquí el elixir, el tónico milagroso que hará posible aquel largo viaje hacia el horizonte ideal. La democracia, que ahora es asumida como un valor sustantivo y ya no como un instrumento formal y procedimental, oficia como una fuerza capaz de ir purificando al sistema capitalista en todos y cada uno de sus subsistemas, hasta transformarlo subrepticiamente en su totalidad. Frente a postulados neo reformistas de este tipo debemos responder clara y enfáticamente: pensar y proponer que una dosificación creciente y masiva de democracia (aun si ello fuese posible en los marcos del sistema actual) conducirá por sí sola al objetivo final –una sociedad libre, sin clases, sin dominación ni explotación– es francamente una ilusión. La utopía resulta inalcanzable, pero deja el terreno libre al despliegue de una política de izquierda dentro del sistema vigente. En esa actividad política la democracia se convierte en un nuevo mito fundacional y presupone que la libertad ya existe dentro del actual sistema. Desgraciadamente, en estas operaciones ideológicas, utopía y democracia, en lugar de reforzarse y profundizarse mutuamente, se debilitan. Esta posición reduce o llega a invertir los términos de la ecuación histórica entre utopía y actividad política democrática.

No queremos restarle importancia a los valores de la democracia (formales o sustantivos), ni a la forma de «libertad negativa» que aquélla permite. Pensar en lo que significaría la ausencia de la democracia basta para que la estimemos en su justa validez. ¿Cuáles no serían los horrores que causaría la bestia sistémica librada de las mínimas garantías que ofrecen el Estado de derecho, las elecciones gubernamentales, la libertad de prensa, las libertades de asociación y de expresión? Quienes hemos vivido, y quienes aún viven, en regímenes de dictadura pueden testimoniar esos horrores. Sabemos muy bien que los dispositivos democráticos son un contrapeso importante contra el autoritarismo sistémico y ello basta para que los defendamos sin titubear. Pero también sabemos que no son suficientes para hacer germinar otra forma de funcionamiento económico y social. Incluso si los extendemos a nuevos ámbitos. Incluso si ampliamos sus procedimientos. La democracia formal puede permitir cierto control sobre el ejercicio autoritario o totalitario del poder: sea a escala micro o macrosocial. Pero, invariablemente, en un sistema donde la concentración de propiedad privada equivale a la concentración de poder, el proceso de extender y ampliar la democracia y de forjar una «libertad positiva», profundizando la autonomía y fortaleciendo las capacidades de autorrealización social y ciudadana de los individuos, sólo puede ser concebido como un ideal.

A nuestro entender, si restringimos nuestra acción política, económica y social al ámbito del actual sistema capitalista, será imposible lograr la «máxima realización democrática», entendiendo por ésta la socialización efectiva del poder, vale decir: la participación efectiva en los asuntos públicos, la igualdad y la inclusión de todas y todos a la hora de tomar decisiones. En el marco del actual sistema capitalista la democracia no es una fuerza suficiente para lograr la igualdad y la libertad de los individuos. Si la realización de la utopía se restringe a esa estrategia, entonces ya no podrá pretender presentarse como «la síntesis de la igualdad y la libertad», a no ser que recorte estos valores a tal punto que terminen por ser inapreciables por parte del individuo.

* Sociólogo. Miembro del Espacio Utópico Dodecá

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