Se fue Sanguinetti, con pena y sin gloria
El final del período presidencial de Sanguinetti amerita, como todo acto humano, un balance. Aquí, tenemos la ventaja de que no es necesario esperar que la situación se aclare o madure. Está todo a la vista.
Mientras ha intentado influir, embajador mediante (¿para eso estamos pagando el servicio diplomático, que le dicen?), en los ámbitos universitarios del primer mundo, para buscar «palanquearse», para quién sabe qué cargo internacional, el caso Gelman, como importante «gotón» que desborda el vaso, le ha salido como tiro por la culata, al cruce de sus pretensiones.
Sin ir tan lejos y tan alto, ha dejado, aquí, más cerca y más abajo, en el paisito, cuentas pendientes que tuvo en sus poderosas manos cómo resolver.
Prefirió, emulando el estilo de Medina y su malhadado cofre, ponerlas en el «freezer» en que convirtió algún cajón perdido de su despacho presidencial.
Desoyendo, nada menos que, los dictados del máximo órgano democrático que la Constitución le otorga al Pueblo: el Parlamento.
Como resabio de las arbitrariedades que nos dejara la dictadura, tuvo oportunidad de resolver tres temas, que en su etapa final requirieron tan solo de su iniciativa, y por lo tanto de su individual voluntad de firmar como Presidente los respectivos proyectos que le fueran elevados en tiempo y forma.
Me refiero a:
-La ley de reparación final a la situación injusta en que quedó una importante cantidad de los militares legalistas de más bajo rango, incluidos en lo que en la jerga legislativa se identifican como «del inciso G»
-La ley de reparación de la situación jubilatoria de presos y exiliados de la actividad privada, que hoy, a veintipico de años de los «hechos», y cuando verdaderamente lo necesitan, se encuentran desamparados en sus derechos jubilatorios.
-La ley de reparación de la situación de un centenar de los «182 destituidos de la huelga bancaria del 69, que a más de treinta años de la arbitrariedad del Pachecato pre dictatorial, continúan en calidad de «desaparecidos laborales», sin que haya habido autoridad ni política, ni judicial, ni sindical, capaz de hacer cumplir la Ley 14.047, que establecía la restitución incondicional de los destituidos, revirtiendo dicha aberración.
Mostrando, además, su vínculo filosófico con la dictadura, ha sido intransigente defensor de los intereses militares «del proceso», de los banqueros, mostrando con claridad su filosofía antipopular y oligárquica.
Cuando cambia de mano el bastón presidencial, es bueno que el nuevo Presidente sepa que desde el primer día de su mandato, tiene ya la posibilidad de arreglar, por su única voluntad y por la sola validez constitucional de su investidura, estas cuentas pendientes que Sanguinetti, como continuador de los gobiernos «insuficientemente democráticos» pos dictadura, por motivos obvios que no quiso solucionar.
En los dos últimos temas precitados, existen sendos proyectos de ley,
aprobados con la anuencia de todas las fuerzas políticas manifestada expresamente en la Comisión respectiva del Parlamento, que están esperando, para convertirse en ley, exclusivamente, la iniciativa privativa del Presidente de la República, aplicable, como requisito sine qua non para estos casos, por tratarse de iniciativas de leyes de Seguridad Social.
Sería un ejemplar mensaje del nuevo Presidente a la ciudadanía, que en sus primeros días de mandato, hiciera un acto de la justicia que ningún político de ningún partido se ha negado a reconocer. Excepto Sanguinetti, claro.
Sería el mejor discurso de asunción de mando, para generar un hálito de confianza en un Pueblo descreído.
Mientras tanto para el Presidente que se fue, con pena y sin gloria, dejando cuentas pendientes con su Pueblo nunca olvidará, por no haber tenido la justa grandeza necesaria que los intereses a los que sirve y sus propias convicciones, no le permiten tener, el saludo que, legítimamente se ha ganado.
Parafraseando al Ché, y de corazón:
¡Hasta la vuelta, NUNCA…!
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