El voto uruguayo contra Cuba: tristeza y vergüenza
Wladimir Turianski
En 1964, bajo la descarada presión política, las amenazas y el soborno a que los gobiernos latinoamericanos fueron sometidos por los EEUU (¿cómo olvidar los cien millones de dólares con que compraron el decisivo voto de ese ejemplo de «democracia» que era el Haití del Baby Duvalier?), la Conferencia de Cancilleres de la OEA acordó la ruptura colectiva de nuestras naciones con Cuba.
Es claro, unos años antes, en 1961, la gran potencia del norte había cosechado su primera gran derrota intervencionista en el continente, playa Girón. Allá, en menos de 72 horas, una columna invasora financiada, adiestrada, armada y transportada por efectivos norteamericanos debió rendirse sin haber conquistdo ni un palmo de tierra cubana en el cual instalar una cabecera de puente, montar una especie de gobierno insurreccional y ambientar la ocupación militar de la isla por los EEUU y alguno de sus subordinados de la región, que por aquellos años abundaban para desgracia de nuestros pueblos. Fue una derrota, presagio de otra que por sus dimensiones y consecuencias habría de conmover hasta sus cimientos a la propia sociedad norteamericana, y me estoy refiriendo a Vietnam.
En su espíritu de gran potencia, EEUU necesitaba un desquite. Y así comenzó el aislamiento primero, la ruptura después, la guerra sucia del terrorismo, el bloqueo económico, y todo lo que continúa hasta el día de hoy, en ese vano intento de impedir que un pueblo latinoamericano, una pequeña isla del Caribe, se empeñe en salvaguardar su independencia y su dignidad, construir su propio destino, cometer sus propios errores.
Claro. Han pasado 40 años. Mucha agua bajo los puentes. La excusa del muro de Berlín, ese muro ubicuo que recorría el mundo entero y que separaba a los «buenos» de los «malos» ya no existe. El Pacto de Varsovia (al que, dicho sea de paso, Cuba jamás perteneció) es ya historia antigua, y el papá del actual presidente norteamericano pudo exclamar lleno de entusiasmo: «Nosotros hemos ganado la guerra fría».
Y entonces hay que buscar nuevas razones para justificar lo injustificable: la intromisión abierta y descarada de los EEUU en la vida de un país que, pequeño y todo, como también lo es el Uruguay, es sin embargo, como también lo es el Uruguay, una nación independiente y soberana. Por eso es triste y nos llena de vergüenza el voto uruguayo contra Cuba en la Comisión de DDHH de la ONU.
Como bien lo ha señalado el canciller cubano: ¿cómo se puede estar contra el bloqueo y acompañar con el voto ese torpe intento yanqui por justificarlo? ¿Qué violación más grave de los derechos humanos que el intentar privar a un pueblo de alimentos, medicinas, de la posibilidad de comprar y vender en el mundo, de abrir espacios a la inversión de capitales para el desarrollo de su economía y el trabajo de sus hijos, sin que cada paso que dé en ese sentido vaya acompañado de nuevas leyes de reforzamiento del bloqueo que llegan hasta amenazar con someter a la justicia en los EEUU a empresarios de cualquier país que negocien con la isla? Pero además: ¿en nombre de quién? ¿Quién los designó guardianes del templo de la democracia, con derecho de actuar de por sí y ante sí en cualquier parte y en cualquier momento?
Ahora bien. El asunto es más grave y rebasa con mucho los términos de una votación arrancada a fórceps en una comisión de la ONU. El señor George W. quiere emular a su padre. El también quisiera volver a exclamar: «Nosotros hemos ganado la guerra fría». Pero, para volver a ganarla hay que volver a inventarla. Y si es posible resucitando los antiguos «demonios». Entonces, se abandonan los compromisos internacionales ya asumidos en torno al progresivo desarme nuclear y se avanza en los planes del escudo espacial, se enturbian las relaciones con Rusia expulsando diplomáticos, o llegando la OTAN amenazadoramente hasta sus mismas fronteras, se espía el territorio chino desde el aire y por si fuera poco se reclama con soberbia la devolución de un avión espía obligado a aterrizar (que provocó por otra parte la muerte de un piloto chino y la destrucción de su nave), se protege la escalada militar agresiva israelí contra el pueblo palestino, en fin, se amenaza aquí y allá, generando zonas de conflicto y peligros para la paz y la estabilidad en todo el mundo.
Como a veces ha ocurrido en la historia de ese gran país, grande en tantos aspectos y merecedor de gobernantes de otra talla, la idiosincrasia tan especial de su actual presidente, mediocre y por lo mismo peligroso, coincide con la circunstancia de que inaugura su mandato en medio de un «enfriamiento» de su economía y de agoreros anuncios en torno a si el «aterrizaje» será más o menos suave o habrá sacudones. Necesita pues, por un lado, desviar las preocupaciones del norteamericano medio, que ha empezado a tener dudas sobre la estabilidad de su empleo o de sus ingresos, inventando amenazas al estilo de vida americano provenientes de enemigos solapados fuera de sus fronteras y, por otro lado, apelar a la industria de guerra como herramienta para detener o atenuar el «aterrizaje».
La amenaza de los EEUU a la paz mundial es pues, una amenaza real. La amenaza de nuevas escaladas agresivas, patrocinadas o ejecutadas por los EEUU, en cualquier parte del mundo, es pues, una amenaza real.
Pero volviendo a nuestro hermano Cuba, hay aquí otro elemento imposible de soslayar. George W. es hoy presidente de los EEUU gracias al fraude escandaloso llevado a cabo en la Florida por el económicamente poderoso y políticamente influyente clan cubano americano que regentea la vida en buena parte de los condados de ese decisivo estado. Está comprometido con ellos y con sus eternos planes de sabotaje y desestabilización en Cuba. Y ha dicho, y esto es lo grave, que va a cumplir con ellos. Este esfuerzo a fondo desarrollado en Ginebra va en esa dirección. Eso no lo sabe sólo quien no lee los diarios. Y yo creo que nuestros gobernantes y nuestros representantes en Ginebra sí los leen, y han terminado por hacerse cómplices de esos planes.
Toca pues, levantar bien alto, como lo hicimos en aquellas jornadas memorables contra la ruptura en el año 64, la solidaridad con Cuba y su revolución. Debe cesar la política de agresión contra Cuba y su pueblo. Debe cesar el bloqueo. No puede ser que en aras de mezquinos intereses económicos, o ¿por qué no?, en nombre de principios respetables, aceptando que alguien pueda haber actuado con ese pensamiento, terminemos haciendo el juego a la política intervencionsita yanqui, esa política que ha sembrado de tantas desventuras el suelo americano, y seamos capaces de dejar librado a su suerte a un pueblo hermano, que aspira a resolver en paz sus problemas y construir por sí mismo su porvenir.
No. Los uruguayos hemos sido formados en las ideas de la Patria Grande, y lo reafirmamos en estas horas en que tanto se habla de integración: la integración será latino-americana y con Cuba, o sólo será la vuelta a los viejos tiempos del «patio trasero» regenteado desde el norte. Seguro que sabremos asumir nuestro compromiso.
*Ex diputado y fundador de la CNT
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