Del optimismo al paquete
Ya no hay más gobierno divertido.
La sonrisa constante con que el doctor Batlle pretendía contagiarnos su optimismo ha desaparecido de su semblante. Ese aire bonachón a que nos tenía acostumbrados parece haberlo abandonado desde la aparición de la epizootia. Ni siquiera el mano a mano con el presidente estadounidense, George Bush, parece haberle insuflado nuevos bríos para enfrentar la crítica realidad del país.
Ha sido un cambio brusco. Pasamos de un optimismo frívolo, digno de Pangloss, al sombrío panorama que nos depara el paquetazo, única respuesta que fue capaz de concebir el gobierno junto a su equipo económico. De las siete mil carnicerías en EEUU pasamos –sin solución de continuidad– a ese tres por ciento que lleva al IVA uruguayo a superar su propia marca.
Ya no sonríe el Presidente en sus apariciones públicas. Hasta parece haber perdido la envidiable seguridad con que lanzaba sus alegres y sorprendentes boutades.
Precisamente esa inseguridad resulta palpable en las diez medidas anunciadas para superar la crisis y reactivar la economía. Contra lo esperado, el espíritu de las medidas trasunta una postura vacilante, dubitativa, temerosa, muy diferente de la convicción exhibida en otras oportunidades. Como con exactitud lo expresa el editorial de El Observador de ayer, el gobierno de coalición ha tomado «un incierto atajo». Daría la impresión de que el doctor Batlle ha optado por una prudencia (característica extraña a su personalidad) que en definitiva se convierte –como muchas veces suele ocurrir– en pusilanimidad. No es el estilo del Presidente.
Pero quizá lo más grave de todo esto estribe en las reacciones encontradas que el paquete ha suscitado. Sin contar la dura declaración del gremio bancario que no vacila en condenar las soluciones gubernamentales, en todos los sectores políticos y sociales las respuestas han sido diversas y en muchos casos ambiguas.
El paquete de medidas no ha tenido una buena acogida. Basta leer las declaraciones de los exportadores e industriales para advertir que, salvo las disposiciones que rebajan los aportes patronales, las medidas no colman las expectativas de los actores económicos: ni los productores agropecuarios, ni los industriales, ni los comerciantes han exhibido signos de satisfacción. En ese sentido son ilustrativos los conceptos vertidos por Daniel Soloducho, presidente de la Unión de Exportadores, recogidos en nuestra edición de ayer. Aunque se apresura a aclarar que no está proponiendo una devaluación, su sugerencia de «acelerar el tipo de cambio» es por demás elocuente. Recuérdese que el atraso cambiario es uno de los componentes más importantes en la crisis del sector agropecuario en especial y del sector productivo en general. Ya había sido señalado como el culpable de la brutal transferencia de recursos del aparato productivo al sector financiero.
Sin duda el punto unánimemente condenado (hasta el ex ministro de Economía Ignacio de Posadas se pronunció en contra) ha sido ese famoso tres por ciento que no es sino un aumento del IVA. Todos (incluso el matutino El Observador en su editorial ya citado) advierten que la aplicación de un nuevo impuesto al consumo es absolutamente inconveniente en un mercado ya suficientemente deprimido como el nuestro. Parecería que el equipo económico ha jugado todas sus cartas a la exportación despreciando el mercado interno. Olvida que la verdadera reactivación económica pasa inevitablemente por que la población tenga una correcta capacidad de consumo.
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