Relecturas sobre el FMI de un domingo de lluvia
I) La Torre de Babel y el contador Lombardo
La misión del FMI que a fines de febrero llegó al Uruguay, está integrada por el holandés Bob Traa, que preside la misión, la japonesa Keiko Honjo y el norteamericano Evan Tamner.
Originarios de tan diversos países, integran uno de los organismos financieros surgidos de los acuerdos de Bretton Woods (1944) y que han jugado tan importante papel en la llamada «globalización».
El FMI tuvo como finalidad original facilitar el comercio y la cooperación internacional y apuntalar la estabilidad de los tipos de cambio.
En su creación tuvo señalada influencia el británico John Maynard Keynes, defensor de la intervención del Estado y los bancos centrales en el mercado y del pleno empleo como forma de crecimiento del capitalismo, y de los representantes del equipo de FD Roosevelt, defensor del gobierno como promotor del bien común.
Los liberales vieron una «revolución peligrosa» en las «ideas subversivas» y en la influencia de Keynes y fomentaron una «contrarrevolución» orquestada y financiada por grandes empresas y medios de comunicación.
En 1931 fue designado en la Facultad de Economía de Londres, FA Hayek –líder de la escuela austríaca del liberalismo económico–, para contrarrestar la influencia que desde Cambridge tenía Keynes por entonces. Hayek era un activo defensor de la idea de «fundar una sociedad para convertir la próxima generación de intelectuales al credo del liberalismo económico»; y su libro «Camino a la Servidumbre» (de 1943) activamente promocionado, publicado por el «Reader´s Digest» en 1945 así como la cátedra expresamente creada para él en la Universidad de Chicago en 1950, fueron todos jalones para proveerle del sitial apropiado a su carácter de sacerdote distinguido de la nueva religión.
Gracias a los aportes de empresarios y financistas, en 1947, en Mont Pelerin (Suiza) tiene lugar la primera reunión de la sociedad que de esa localidad tomó su nombre: fundamentalmente integrada por economistas académicos, altos funcionarios y periodistas de Reader´s Digest, Fortune y Time& Tide. No había en esa reunión nadie procedente del Tercer Mundo.
Ya en 1980 eran 600 los concurrentes a estas reuniones que se continuaron cada dos años. Su acción estuvo dirigida a propagar las ideas económicas liberales, fundar instituciones que actuasen como organismos repetidores del credo redivivo de Adam Smith y contribuir a delinear nuevas políticas mediante el papel de sus miembros como asesores o creadores de dichas políticas. De este modo el Instituto de Asuntos Económicos localizado en Londres fue decisivo en el gobierno de Margaret Thatcher. (Milton Friedman dijo que «sin dicho Instituto jamás hubiera habido una revolución thatcherista»).
Ideólogos procedentes de la Facultad de Londres fueron a EEUU «para hacer por la política estadounidense lo que ya habían hecho por la política británica».
De donde resulta que los movimientos británico y estadounidense estaban guiados «por los mismos economistas y publicistas de la Sociedad de Mont Pelerin».
Estos apuntes fueron tomados fundamentalmente de la colección de la Revista Sur, especialmente del Nº 95 de Set./99, y los utilizo como introducción a la opinión del contador Lombardo sobre el FMI.
II) Testigo de primer nivel
El contador Ricardo Lombardo, en un recomendable trabajo (Unificación o Caos, EBO, 1992) escrito luego de integrar el Directorio del FMI en representación de los países de la región, señala que después que han opinado los técnicos sobre las economías de distintos países, en una moderna Torre de Babel «en idioma inglés, pero con multiplicidad de acentos», «lo importante estaría pactado por los grandes países de Europa, EEUU y Japón: lo que habían dado en llamar el Grupo de los 7″.
Señala más adelante al considerar los reclamos de capitales por parte de Alemania para su reunificación que su percepción en aquel momento fue que aquel país exportador de capitales «competiría a partir de entonces con el mundo en desarrollo para obtener financiamiento». Y al referirse a la deuda externa latinoamericana hace mención el contador Lombardo a las «interminables y fatigosas discusiones» y agrega: «Los norteamericanos presionaban para que sus bancos, principales acreedores, pudieran cobrar los préstamos», para afirmar más adelante: «Todo hacía prever que el asunto terminaría como terminó: la transformación de nuestras economías, la venta de varias empresas estatales y un sacrificio reiterado de nuestras poblaciones, con el consiguiente derrumbe de salarios y pasividades».
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