2001: Odisea sanitaria

Ricardo J. Lombardo *

 

El país se ha enfrascado en una insólita discusión respecto a la aftosa. Es que la reaparición de la enfermedad en el ganado ubicado en nuestro territorio nos ha sorprendido, nos ha amargado y nos producirá serios efectos económicos. Siempre se busca un culpable, alguien que se equivocó o actuó tardíamente. Pocos casos son tan claros: si la aftosa estaba instalada en Entre Ríos era inevitable que ingresara en el territorio nacional. Desde el comienzo, esto era una batalla perdida.

Quien esto escribe era subsecretario de Ganadería, Agricultura y Pesca, cuando el Uruguay encaró el plan de erradicación de la aftosa con vacunación durante el gobierno iniciado en 1985. En aquella oportunidad fue imprescindible concertar los esfuerzos con Entre Ríos y Río Grande del Sur. Si no lo hubiera hecho, era tarea imposible.

Si razonamos de la misma forma, debemos concluir que el verdadero problema estuvo radicado en la demora argentina por denunciar los casos de aftosa, reconocer que el virus ya había entrado hacía tiempo y por lo tanto no actuar en consecuencia. Una vez instalado tamaño foco de infección en una región tan cercana y vinculada a nuestro país, la probabilidad de mantenerse al margen era muy baja. Valórese como corresponde el esfuerzo de los técnicos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, la buena voluntad de los productores para intentar, in extremis, impedir el ingreso de la aftosa, sin buscar culpables por no haber logrado una tarea imposible.

Una labor ardua y paciente queda por delante. Nuevamente habrá que concertar en la región un plan para erradicar la aftosa sin vacunación y recuperar los mercados perdidos. Así que poco resta para hablar y mucho para hacer. Y sobre todo, cerrar filas.

Pero mientras nos acostumbramos a convivir con esta enfermedad que afecta sanitariamente a los animales y económicamente a los seres humanos, un hecho mucho más grave se va consolidando lamentablemente entre los montevideanos, porque este sí era evitable y debería haber sido encarado con mayor responsabilidad. Me refiero a la insólita cantidad de plomo en la sangre que se ha venido comprobado desde hace algunos meses en numerosos habitantes de nuestra capital.

Desde que comenzaron a detectarse los primeros casos entre los vecinos de La Teja surgió desde varios organismos responsables, especialmente Salud Pública y la Intendencia de Montevideo, la duda de cuál era la fuente contaminante. Parecía un silogismo que si la Planta de La Teja de Ancap producía nafta con plomo, y la contaminación se comprobaba en ese barrio, la fuente de la misma debería producirse en la elaboración del combustible. Sin embargo, se mantuvo durante todo este tiempo espacio para la duda.

En esta semana, el vicepresidente de la República, Luis Hierro, vino a poner luz sobre el problema al señalar que la zona de mayor contaminación de la ciudad era la de Tres Cruces. Como ese es el lugar donde transitan más vehículos al cabo del día, y por lo tanto donde se concentran los efectos de la mayor cantidad de combustión de la nafta que contiene plomo, parece que el silogismo se cumple aquí también.

En consecuencia, las autoridades han reconocido que los montevideanos estamos siendo envenenados por no haber encarado a tiempo el procesamiento de combustibles sin plomo. Los vehículos que están fabricados con esa característica se ven obligados a pagar nafta más cara porque es importada, mientras la mayor parte del parque automotor está equipado para una combustión con plomo.

Eso sí que es grave y tiene responsables. En Estados Unidos hace decenios que se encaró el proceso de reconversión del parque automotor hacia vehículos que consuman exclusivamente gasolina sin plomo. La comunidad advirtió que frente al fuerte crecimiento de la cantidad de automóviles, la contaminación de la combustión con plomo sería insostenible y por lo tanto se actuó a tiempo. Resultaría absurdo que los consumidores norteamericanos, interesados en purificar el aire y vigilados de cerca por los medioambientalistas, tuvieran que pagar más por la nafta sin plomo. En todo caso ocurre todo lo contrario.

Aquí, sin embargo, no se han tomado las precauciones a tiempo y hoy estamos frente a un hecho consumado, que desnuda situaciones sociales desgarrantes, con niños de bajos ingresos fuertemente afectados, con personas obligadas a abandonar sus hogares, con gente en huelga de hambre, y con políticos oportunistas que recorren esa afrentosa realidad, con las cámaras de televisión a su lado para mostrar que están interesados en contemplar las consecuencias de lo que organizaciones del Estado, como Ancap, la Intendencia de Montevideo y Salud Pública, no supieron prever en su momento. Más valdría que se dedicaran a deslindar responsabilidades, impulsar urgentemente las medidas del caso y tomar las previsiones para que males como estos no nos ocurran más. Esa es la tarea de los gobernantes (ejecutivos o parlamentarios) y no andar con el calderín tratando de juntar votos en cualquier oportunidad en que el río está revuelto.

* Analista político, ex presidente de Antel

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